Amelia sabía que Beatriz, después que se casaron (una con un patrón de pesca y otra con un marino mercante borracho), seguía viviendo en la casa paterna; al menos eso creía... Beatriz..., su hermana, compañera inseparable y amiga del alma hasta que, a los 17 años de ella y a los 18 años de su hermana, el novio de la mayor, Roberto, abogado de 32 años, se fijó en ella y, tras saber del desliz, Beatriz la condenó al más oscuro rincón de su memoria y no le dirigió nunca más la palabra... Total, que el tal Roberto resultó ser un fresco y, cuando el padre, marino de carrera e imbuido de la más estricta caballerosidad de los antiguos, con su habitual severidad y sus cejas tupidas, lo encaró, conminándolo a dar explicaciones, desapareció de la casa, sencillamente, sin dejar rastros de su existencia. Tiempo después se supo que se había casado con una viuda rica de Viña del Mar...
A Amelia le dolió en el alma la actitud de su hermana y siempre buscó con humildad y vergüenza la reconciliación, pero jamás obtuvo el perdón de Beatriz.
Pero ella, ya perdido su juicio en las rémoras de la historia y en la neblina del puerto, con su raído abrigo y sus tacos torcidos, a punto de salirse de los zapatos, bajaba del Cerro Alegre, de junto a la Iglesia, al Cerro Concepción, todas las tardes, con un ramito de flores secas y ajadas, al que iba agregándole papeles que recogía del suelo (de preferencia los metálicos de los cigarrillos), tratando de componer la ofrenda de paz, inclinada por el peso de los recuerdos y de la edad; se colocaba bajo la ventana que era de Beatriz cuando ellas vivían juntas con su familia, y llamaba desde la calle, apenas sin voz, profiriendo un ¡Beatriiiz...! lastimero y nostálgico; una vez, otra vez, muchas veces. Pero Beatriz nunca asomó, quizás, nunca existió, porque aparecía en alguna ocasión algún habitante de la vieja casa y le preguntaba que a quién buscaba, y ella, con un gesto nervioso, entre risa y llanto, decía, a Beatriz, mi hermana... Pero, no vive acá ninguna Beatriz..., le respondían. Y ella no cejaba y rogaba, así que le preguntaban ¿Cuál es el apellido?... Papali. Beatriz Papali, contestaba. Pero, tras consultarse entre ellos, le decían que no conocían a nadie con ese nombre, y que ellos vivían ahí hacía 7 años, y cerraban de nuevo esa ventana que sellaba tantos recuerdos...
Y la vieja volvía sobre sus arqueados pasos, más arqueados por la soledad y por la pena, y se volvía murmurando, pero era ahí; sí, era ahí, esa es la casa...
Quizás, los 15 años alejada de la familia en Recreo y los 28 años en el Norte con su marido borracho, que se hizo a la mar en Iquique contratado por una empresa pesquera y que, una tarde de abril no regresó nunca más, perdiéndose su rastro tras la bahía salada, en la que ella se quedó, ya sin sus hijos, que emigraron, primero a Panamá, y luego a USA, sola en la Pampa, tejiendo su temprano invierno, envuelta en la Camanchaca y amparando su infancia y sus recuerdos, anhelando su vida de familia en Valparaíso...
Hasta que, convencida de su viudez irremediable, bajo el sol inclemente y alucinógeno del Desierto de Atacama, se decidió a volver al puerto querido, al puerto amigo...
Pero, ya nada era igual; las caras eran otras, los niños eran otros y se burlaban de ella, diciendo a su paso está loca..., y reían.
Y ella insistía todas las tardes, volvía a aquella ventana cerrada, a llamar a ¡Beatriiiz...! con su lastimero quejido cubierto de fantasmas de antaño...
Fue con los años que a uno de los muchachos de la pandilla del cerro se le ocurrió jugarle una broma; y fueron a la playa, a buscar a la cueva de sus tesoros aquel mascarón de proa que un día el mar arrojó en la arena, devolviéndolo con su misterio a la tierra de los humanos.
Se lo llevaron envuelto en una manta y le dijeron que Beatriz se había ahogado mientras navegaba, que el mar devolvió su cuerpo, y que había que darle cristiano entierro...
Amelia abrió los ojos, ya casi ciegos por haberse bebido tanta luz en el desierto. Ésa era su Beatriz adorada; aquí estaba... Sus mismos ojos de ensueño, su pálida piel... Pero estaba tan dura, tan fría y tan sola...
La vieja tomó al mascarón, les dio unas monedas con lágrimas en los ojos a los muchachos, les agradeció emocionada, puso agua caliente en la tina, sumergió a Beatriz en el agua, la jabonó, la masajeó, la perfumó con violeta. Estás tan joven... Te vas a poner bien. Ya vas a ver...
La recostó en una cama, vas a estar mejor, arrópate niña que has tomado un frío que te ha dejado tiesa e inerte... Tápate con mi punta tejida en la soledad, recordándote a ti, mi niña; mañana vas a estar bien, nos vamos a misa a agradecerle al Señor que te ha traído y nos ha juntado...
Amelia primero desvistió a un borracho, luego intentó vestir a los Santos, pero no era tanto su pecado y mucho era el llanto, así que ahora la arropa, la apaña, le pone carmín en los labios, rubor en sus mejillas, pálidas como el Polo Norte, coloca un collar en su cuello (el que le regaló ella a los 14 años, el mismo que le arrojó en su cuarto con violencia, junto a todas sus pertenencias aquél día aciago...). Le ajusta un pañuelo de seda, recuerdo de su difunta y querida madre; te voy a poner un sostén para que no se te transparente el busto con el vestido... Y, en una silla de ruedas improvisada, el mismo carro donde carga el balón de gas cada tres meses, la lleva, orgullosa a la Iglesia... ¡Niña, que linda te ves! Te dije que ibas a estar bien... Amelia está dichosa al fin, feliz; ya no va a tener que seguir buscando a Beatriz. Sus ojos se inundan de lágrimas, pero lágrimas de verdadera felicidad.