Hacía tiempo que estábamos planificando nuestro viaje a Río de Janeiro en el “Moroco”, el velero de 30 pies de mi amigo Carlos. La fecha de partida se acercaba y las tareas de preparación se hacían día a día más intensas. Agua, alimentos, vestimenta, instrumentos, en fin, todo el cúmulo de cosas que deben tomarse en cuenta para minimizar los riesgos durante una travesía de aproximadamente 15 días sin tocar tierra.
Así llegó aquella mañana de octubre en que los primeros rayos de sol nos vieron partir desde San Isidro con rumbo al Pilote 8. Los pronósticos eran excelentes, por lo menos durante los próximos tres días, luego de los cuáles deberíamos estar en pleno océano rumbo a Río.... Ya por la noche pudimos ver las luces de Montevideo y a partir de ahí comenzamos a turnarnos para no quedar en manos del piloto automático que, si bien sabe cómo llevar un rumbo, no tiene manera de ver lo que pueda pasar a proa.
Durante mi último turno comenzó a despertar el astro rey que iluminaba una hermosa mañana que hacía suponer que ese segundo día de navegación podría ser disfrutado como lo hicimos el anterior... pero algo surgió a una millas adelante. A pesar del excelente estado del tiempo pude ver un gran banco de niebla que, con seguridad, nos retrasaría en nuestro viaje.
Afortunadamente estaba lo suficientemente lejos como para tratar de no entrar en él, por lo que llamé a Carlos y le pedí que observara el radar y las cartas para buscar la forma de evadirlo, pero en la pantalla no aparecía nada distinto al contorno de la costa. El salió para mirar y cuando señalé hacia el horizonte, el banco había desaparecido... Atribuimos al cansancio aquella visión y el viento continuó llevándonos hacia el mar.
Dos días después estábamos navegando en pleno océano, bastante más alejados de la costa de lo que nos hubiera gustado, pero el buen viento y la corriente nos habían empujado hacia afuera aunque nuestro rumbo nos llevaba indefectiblemente hasta nuestra meta.
Hacía largo rato que había amanecido mostrándose el sol con pleno esplendor. Era nuevamente yo quien llevaba la rueda del timón cuando, sorpresivamente, apareció a proa un denso banco de niebla que no dio tiempo a evitarlo. En pocos segundos nos encontramos envueltos en una densa nube blanca que apenas permitía distinguir unos metros más allá de nosotros. Carlos, que ya estaba a punto de hacerse cargo del turno apareció en el cockpit con una taza de café en su mano. Tomó la rueda en silencio y continuamos adentrándonos sin reducir los diez nudos de velocidad que traíamos segundos antes.
Bajé rápidamente para observar la pantalla del radar pero ésta nada mostraba. Tomé el radio y traté de comunicarme con alguna estación costera pero, tampoco recibí respuesta. En silencio, tratando de no distraer a Carlos de su importante tarea de mantener el barco a salvo, salí nuevamente al cockpit y me instalé sobre babor con la mirada fija en la inmensidad, tratando que mis ojos y mi esfuerzo se sumaran al de mi compañero hasta tanto volviéramos a la claridad. Extrañamente el viento había aumentado pero ambos debemos haber pensado lo mismo... ninguno quería arriesgar nuestra seguridad realizando alguna maniobra a ciegas para achicar paño... decidimos tan sólo, y en silencio, ajustar las velas para disminuir la escora y navegar, dentro de lo posible, más suavemente.
No pronunciábamos palabra alguna; sólo mirábamos a nuestro alrededor, pendientes de cualquier cosa que pudiera aparecer pues la única referencia que teníamos era nuestro compás, que nos decía que seguíamos en rumbo.
El banco era inmenso, parecía que nunca saldríamos de él... en un momento me pareció ver, a nuestro estribor, la silueta de otro velero que poco a poco parecía alcanzarnos. Presté atención a esa forma que se hacía cada vez más definida y luego de unos minutos quedamos los dos barcos casi juntos, navegando con el mismo rumbo y a la misma velocidad.
Carlos pareció no darse cuenta de la situación, pues continuó timoneando como si nada sucediese, y su cara mostraba un gesto de tranquilidad y disfrute que me produjo escalofríos. Parecía no darse cuenta de la situación por la que estábamos pasando.
En el otro barco pude ver a una mujer sosteniendo con mucho esfuerzo la rueda de su timón con una mano mientras con la otra trataba de afirmar una escota en una cornamusa . Por momentos se acercaba peligrosamente a nosotros, dado que la mujer no lograba mantener el rumbo en esa situación. En un momento en que quedamos con nuestras bandas casi tocándose, salté al otro velero para ayudarla y tratar que todos llegáramos a salvo al otro lado del banco.
Una vez afirmado el cabo tomé el timón y miré hacia babor para ver cuán cerca o lejos estaba del Moroco y ya no lo vi. Traté de comunicarme con Carlos, pero volví a comprobar que su radio no funcionaba.
Ahora, a pesar de la niebla la navegación era buena, serena. El barco trepaba y bajaba las olas acompasadamente y la rueda podía ser llevada sin mayores esfuerzos. La mujer, de nombre Krystine, dijo que estaba muy acostumbrada a navegar de esa manera y que no tenía ningún temor... según sus dichos, nada iba a suceder.
Llevaba veinte años por los mares y había aprendido a confiar ciegamente en su instinto más que en el instrumental.
No tenía idea del tiempo que había transcurrido desde el comienzo de todo este episodio, pero Krystine bajó a la cabina para preparar la cena. Un rato después, ella había conectado el piloto automático y los dos estábamos sentados, cenando en un ambiente muy acogedor.
Las horas transcurridas hicieron que yo también minimizara lo que sucedía afuera y me permití observar. Todo estaba perfectamente dispuesto, ordenado y limpio aunque ello contrastaba con los tapizados y los almohadones que demostraban el castigo de veinte años navegando. Una pequeña alfombra mostraba un cartel de bienvenida al “Free for Ever” o “Libre para Siempre”, nombre de aquel velero que ahora me llevaría a Río.
La comida, típicamente alemana, era exquisita así como los modales y la charla de esta mujer. Hablamos durante toda la cena de tantos temas que, sin temor a avergonzarme, no puedo recordarlos en su totalidad. Su salida de Alemania, el paso por Africa, una escala en Malvinas, el encuentro con un destructor Inglés en los mares del sur durante la década del 80, en fin, mil y una historias que tan sólo ella podría hacer que las disfrutáramos tal como yo lo hice aquella noche.
La tenue iluminación no dejaba de resaltar sus cabellos rubios, su piel blanca y sus ojos si, sus ojos de un color celeste profundo que parecían implorar compañía y comprensión.
La luz, la calma, su voz seductora, en fin, todo creó el ambiente propicio para que ambos sintiéramos una fuerte atracción y llegáramos a desear que los relojes se detuvieran para hacer durar esos momentos hasta la eternidad. Hacía mucho tiempo que no me sentía tan protegido y protector al mismo tiempo. Parecía que, sin conocernos, nos habíamos estado esperando toda la vida. Ni siquiera mi preocupación por la suerte de Carlos me impedía disfrutar de aquella noche mágica que me había tocado vivir.
En determinado momento Krystine me sugirió salir a ver si lográbamos ubicar al Moroco pues ella, a pesar de la pasión que había nacido entre nosotros, entendía que debíamos saber de él para que nuestra dicha fuera completa.
No pasó mucho rato hasta que vimos cómo, sin quererlo, estábamos navegando a la par. Carlos parecía no habernos visto, por lo que acordé con Krystine abordar de un salto el otro barco y tratar de regresar en minutos.
Nos saludamos con un largo beso y en un momento en que nos acercamos y el saltar no representaba gran peligro logré pasar.
Mi amigo estaba concentrado, timoneando con una taza de café en su mano y ni siquiera cayó en cuenta de mi presencia. Quise hablarle pero en ese preciso momento la niebla se disipó totalmente mostrando un día diáfano como pocos, quizás visto en ese momento con mis ojos embelesados por aquella mujer.
Miré tratando de encontrar a Krystine pero ya no estaba. No había rastros del “Free for Ever”. Parecía que la niebla se lo había llevado con ella.
Carlos, mirándome, preguntó si me sentía bien, a lo que respondí repreguntando sobre cómo él se sentía luego de haber pasado casi veinticuatro horas dentro de la niebla y sin descansar.
El no podía entender lo que yo decía y entonces me instó a que fuera a descansar pues hacía diez minutos que yo le había dejado el timón y me veía cansado.
En ese momento mi confusión fue total. Parecía no saber lo que estaba ocurriendo y preferí poner en orden mis pensamientos antes de continuar con la conversación.
Durante todo ese día casi no intercambié palabras con mi compañero de viaje tratando de encontrar una explicación a algo, al parecer, inexplicable. No lograba quitar de mis pensamientos a Krystine, así como no podía dejar de pensar en aquella noche de amor que me marcaría para toda la vida.
Ya estábamos casi llegando a nuestro destino cuando convencí a Carlos de dejar por un rato a nuestro tercer compañero, el piloto automático, y sentarnos a conversar mientras tomábamos un café.
Nunca olvidaré su mirada de asombro cuando relataba mi vivencia. Esa niebla que nunca había existido para él, ese barco que jamás había visto, un relato que resumía casi un día completo cuando, según él, duró menos de lo que se tarda en beber una taza de café. Luego de un rato confesó que mi descripción era tan pormenorizada y llena de emoción que no podía imaginar cómo un sueño podía haber tenido tanto significado para mí.
Finalizada la charla ambos acordamos olvidar el tema. El prefirió pensar que el cansancio me había jugado una mala pasada y, después de todo, ya estábamos casi entrando a puerto y nos esperaban nuestras tan ansiadas vacaciones.
Pasaban los días y por más esfuerzos que yo hacía no podía olvidar lo ocurrido. Todo aquello fue muy real para mí y me negaba a aceptar que sólo había sido un sueño... Sentía que debía encontrar una respuesta.
Una mañana decidí salir a buscar a Krystine. Si su destino era Río ya debía haber arribado. Recorrí infructuosamente todas las marinas del puerto, me comuniqué por radio con distintas estaciones costeras recibiendo siempre la misma respuesta... “no hemos tenido ningún contacto”. Ya comenzaba a aceptar que nada de lo vivido había sido real. Nada había que me demostrara la existencia de aquel “Free for Ever”.
Finalmente, recordando su puerto de salida, acudí al último lugar al que podía recurrir... el consulado Alemán. Ellos deberían tener noticias sobre el viaje encarado por una ciudadana de aquel país.
Una señorita muy cortés tomó nota de los pocos datos que le podía dar y comenzó a buscar información en su computadora y en un viejo archivo de microfichas. Al cabo de una hora, sosteniendo un papel en la mano, me invitó a pasar a su oficina.
Luego de una corta conversación y de formularme algunas preguntas sobre el motivo de mi búsqueda me dio la respuesta... una respuesta que nunca hubiera querido conocer:
El “Free for Ever”, tripulado por Krystine Vordunoff zarpó en 1979 y se perdió todo contacto con él el 12 de Julio de 1983, hace veinte años
FIN