“Sei que há léguas a nos separar, tanto mar, tanto mar
Sei também quanto é preciso, pá, navegar, navegar”
Solía hacerse a la mar con regocijo y aún con cierta unción que arrastraba como un equipaje dulce de sus años de juventud, aprovechaba los vientos favorables y se abandonaba al sol sobre cubierta, la caña del timón aferrada con cabos y elásticos, las velas infladas y la proa abriendo con leves golpes la piel de la mar.
Sabía de los secretos que se escondían debajo de esa piel, de los tesoros hundidos en su seno, también del alimento, también de la vida, pero no le importaban cuando recién había soltado amarras, solo le interesaban entonces, el sol, el acunar de las olas y la caricia del viento.
Dejaba que el rumbo lo fijase la mar, procuraba acomodarse a las olas, deslizarse aprovechando su energía y su belleza. Cada noche, a solas con las estrellas, comprobaba hasta donde había llegado.
A veces buscaba los bajofondos, soltaba el ancla durante días y pensaba que el barco se había convertido en una casa. Si entonces venían las tormentas, él reforzaba los cabos, amarinaba la vajilla servía su ron y esperaba. Hacía la limpieza en las mañanas de sol, desplegaba los espineles y se ponía a estudiar las cartas y a trazar rumbos, cocinaba una vez por día, casi siempre los frutos de la mar.
A veces también le venían nostalgias de los puertos, no de uno en particular, sino ganas de las calles y de las ventanas. Casi siempre los contemplaba desde la recalada, binoculares en los ojos, cada tanto entraba y se emborrachaba cada noche. Nunca había llamado a esto “llegar a puerto”, él solo decía “dejar la mar”.
Había días en que el deseo de ver el rostro de la mar lo envolvía, era un requerimiento tierno al principio que poco a poco se iba convirtiendo en una sed angustiante sobre todo en la temporada en que el viento se afirmaba del este y aumentaba su fuerza día tras día. El rostro que él procuraba era el de la juventud de la mar, era un rostro sin tiempo que el imaginaba como el verdadero rostro, era el rostro pleno, el de la entrega, el que ella tenía reservado para solo un momento, el del dulcísimo abandono después de la posesión.
Entonces esperaba la tempestad y salía a enfrentar las olas. Una tras otra las trepaba aprovechando el viento rabioso y el poder de sus velas, una y otra vez alcanzaba las cumbres con el barco casi volcado, la caña del timón temblando, todo su cuerpo temblando de deseo, una y otra vez recomenzaba subiendo en diagonal las olas montañosas hasta que por fin conseguía alcanzar una cresta, la terrible rompiente donde nadie navega. Entonces con un golpe de timón hacía que la proa la penetrara y el barco quedara suspendido, flotando en el tenue aire cargado de espuma. En ese simple instante que él imaginaba como siglos, si miraba sobre la borda, aparecía allá abajo, sorprendido en su desnudez el rostro de la niña, la mar virgen y revelada.
Todo tiempo posterior era furia y sudestada. Él entonces se dejaba llevar con el viento, montaba las olas y las barrenaba en un frenesí de interminable caída hacia los senos umbrosos, los cabellos flotando en el aire empapado y una sola vela en la proa deshaciéndose en jirones. Así llegaba al delta, las venas donde la furia hallaba reparo, subía por arroyos cada vez más pequeños, el mástil chocando con los árboles, la quilla contra el barro, se tendía en tierra firme, se dormía extenuado.