Las espadas cantaron en lo alto, elevando su voz de soprano sobre el coro, estruendo y gritos de abordaje entre los dos buques fundidos costado contra costado.
- ¡ De ésta no saldrás con vida!.- Gritó el capitán de la fragata de Su Majestad apretando los dientes, mientras volvía a descargar su sable con furia.
- ¡ No lo verán tus ojos!- Contestó el pirata, desplazando hacia un lado el golpe en una estela brillante de chispas, producida por el violento choque de los metales.
La excelente instrucción de la Armada y su habilidad en el arte de la esgrima hicieron al militar encontrar pronto una fisura en la defensa de su malvado adversario, que aprovechó, sin miramiento alguno, para hundir con tino la espada en el centro de su barriga.
- ¡ Éste es tu fin, "Bigote negro"!.- Exclamó sonriente, al extraer el arma ensangrentada del cuerpo de aquella escoria marina.
Pero su mueca se tornó de sorpresa cuando su oponente, en vez de caer por la borda herido de muerte, levantó en lo alto el tubo de bucear y le sacudió con fuerza en la cabeza.
- ¡ Ah!, Me has hecho daño.- Gruñó el niño, rascándose la cabeza para eliminar rápido aquella sensación entre picor y dolor que le había dejado el mamporro.
- Sabes que no me gusta que me llames así. Ya no juego más.- Repuso molesto su hermano, que solía disfrutar comprobando como le afloraba su madurez fisiológica, como iba surgiendo el vello en distintas partes su de cuerpo a sus escasos once años. Pero ya era demasiado la guasa que había en la casa con la pelusa dispersa que le ensombrecía la zona entre el labio superior y la nariz.
Extraídos de aquella trifulca, que había evolucionado de lo fantástico a lo real, giraron ambos la cabeza hacia la orilla reclamados por la voz de su padre, que avanzaba a su encuentro elevando los pies sobre el agua en cada paso para llegar hasta ellos más rápido. Comportamiento, que sin adivinar del todo la intención, les sacó del trance procurando, sin éxito, escapar de su perseguidor en sus respectivas barcas hinchables.
- ¿ Dónde pensabais ir?.- Preguntó, mientras sujetaba las barcas por el cabo fino que las recorría embornado en unas piezas de goma negra.
- ¡ Jobar, papá!.- Fue el grito de la impotencia contra aquel acto de auténtica piratería que estaban sufriendo.- No nos la quites.
- ¡ Ale!. Apañáos con la de las "Tortugas ninja" que yo me quedo con la de "Piolín". - Concluyó, consumando el cobro del impuesto bucanero y alejándose con la presa a aguas más tranquilas, con el vivo deseo de huir del mundanal ruido y pegarse una siesta plácida mecido por los robustos brazos de la madre mar.
Los remos de plástico batieron el agua impulsando el bote lejos de la orilla, superando el rompiente de las olas, hasta el lugar en el que la distancia hacía que las voces y risas de los bañistas se difuminasen inundadas, sometidas al rumor sordo, leve e inapreciable, pero presente, de la mar en calma. Allí es donde se entregaba a Morfeo como el que vende su alma al diablo, sin regateos, sumiso...
Sin más, plegó los remos sobre los costados de la barca, estiró sus piernas por encima del tubo plástico que conformaba la popa, hundiéndose con su peso hasta dejar los talones a escasos centímetros del agua, y recostó la cabeza dejando escurrir el sombrero de paja hasta que el ala tocó la barbilla. "Esto es vida", pensó, y se dejó acunar.
La brisa pasaba su peine sobre la superficie ondulada, rizándola, ahora suave, ahora con fuerza, como si encontrara algún enredo que le frenase en su camino y al superarlo tomara impulso, erizando incluso el vello del bello durmiente. Era muy agradable sentir como barría el calor y hacia liviano el rigor que imponía el rey, casi en lo alto. Aunque a veces, aquello pasaba de ser un mero alboroto de pelo a producir una auténtica carne de gallina, que se solucionaba acurrucándose en el interior y arrimando la piel desnuda al plástico de los laterales, como el que busca calor cerca del hogar del fuego. Quemaba. Sintió como se quedaba pegado el pellejo a aquel material y arqueó el espinazo huyendo ahora de las brasas.
Cierto es, que después de un buen rato en aquella situación, todos los elementos que se unieron para hacerle disfrutar, ahora se habían confabulado generando un maldito círculo vicioso de frío y calor para conseguir expulsarle del mundo de los sueños.
Sus brazos se alejaron del tronco, estirándose, tensando la musculatura hasta el límite, a la vez que un gruñido lastimero se escapaba de un exagerado bostezo. Después empujó con el dedo índice el ala del sombrero, iluminando el rostro e hiriendo la mirada, desbordada por la luz del sol redoblada por el reflejo marino.
- ¡ La madre que me parió!.- Exclamó horrorizado al girar su vista alrededor. El agua había devorado a la tierra. En ningún sentido atisbó en el horizonte un perfil oscuro que le marcase la dirección en la que debía orientar sus esfuerzos. Por más que el empeño entornó sus ojos para enfocar más lejos, no consiguió hallar forma alguna que se elevase sobre las aguas, haciendo naufragar su esperanza en el mar de la duda.
- Estoy perdido.- Compuso en voz alta, permitiendo que se hicieran audibles sus pensamientos.- Digo yo... que alguien se habrá percatado en la playa de que la corriente me arrastraba mar adentro.
Tan sólo tres segundos fueron suficiente para oscurecer de nuevo la luz que había entrado por ese pequeño resquicio.
- ¿Pero, quién demonios va a preocuparse, en una playa en la que hay miles de personas, de un individuo que anda por ahí flotando sin dar señales de estar en apuros?.
- ¡Los niños!,- gritó, al pillarle de improviso su propio arranque de ingenio- seguro que los niños se han dado cuenta.- Pero la razón corrigió de nuevo el tono feliz de aquel discernimiento.- La verdad, es que es de ser un imbécil si debo confiar en que dos críos en mitad de un juego sean conscientes de algo de lo que sucede a su alrededor.
Con mi mujer tampoco puedo contar, porque hasta que se vaya el sol estará vuelta y vuelta en el tostadero.- Siguió cavilando en busca de posibilidades, aunque a aquella margarita no hacía falta deshojarla, sus pétalos caían sin tocarlos. Sólo era suficiente para desprenderlos la insinuación de una alternativa, el impulso que aportaba la ilusión de parecerle encontrar una escapatoria de aquella pesadilla de después de una siesta.
¡Mi suegra!. Mi suegra si que es una buena baza. Ella se entera con detalle de todo lo que sucede a trescientos... ¿Qué digo a trescientos?... a quinientos metros a su alrededor; parece la vigilante de la playa. Es la única que puede dar la voz de alarma... ¿Puede?...- detuvo en seco, con lógica sensatez, la inercia que su razonamiento había tomado en aquel sentido- Teniendo en cuenta el amor que me tienen tanto ella como su ridículo chucho chillón, es capaz de callarse por el placer de hacerme padecer o de ver cómo hago el ridículo y que me tenga que rescatar la Guardia Civil o la Cruz Roja. ¡Dios mío!- Exclamó entonces mirando al cielo- ¿Hice algo mal?. ¡Para una vez que le hallo utilidad a esa mujer, me la vuelves a oponer...!.
No hubo más respuesta que el ruido del viento que, desviado por el ala del sombrero de paja hacia sus orejas, hizo flamear sus tímpanos con las pequeñas turbulencias.
¡Pues, ando listo tal y como pintan las cosas!. Pero algo debe de haber que pueda hacer... supongo.
Asumida su condición de náufrago dominguero, de absurdo Robinson Crusoe, puesto por los caprichos de la mar sobre una diminuta isla de plástico, flotando a la deriva, sin dirección, a millas de cualquier lugar que ofreciera una apariencia sólida, se afanó en buscar alguna genial idea que pusiera sus huesos a salvo.
- Seguro que no tarda en pasar cerca algún barco o algún niñato en una moto de agua.- Esa fue una idea que le tranquilizó, y como buena la tomó, optando por dejar al tiempo que hiciese el milagro.- Al fin y al cabo, el Mediterráneo no es tan grande.
Paciencia y magia no casaron a su gusto, y la espera convirtió media hora en algo más que una eternidad. Tiempo que, por si había pensado que su sufrimiento había tocado el fondo de lo humano, aprovechó el sol sin compasión para asestar dentelladas a placer sobre la que era su piel lechosa, más cercana ahora a la de un cangrejo cocido. Hasta el roce del aire a su paso lo sentía áspero. Intentó sin éxito enfriarla a base de agua, usando el sombrero a modo de cubo. Pero al secarse tomaba presencia la invisible sal, tensando el pellejo como el de un tambor.
“Se podría estar peor”, pensó, haciendo gala del optimismo propio de un mártir, al puro estilo de San Lorenzo, con su conocido “Que me den la vuelta que por este lado ya estoy hecho”. “Si no tuviera el sombrero me habría dado una insolación y ahora estaría inconsciente o muerto”.
-¡No!.- Gritó desesperado, mientras veía alejarse su sombrero dando vueltas sobre las olas empujado por el viento que había comenzado a arreciar. Parecía que el diablo anduviera detrás de él. Era mejor no buscar solución, no había más que pensar en alguna circunstancia que le ofreciera algún beneficio para que ésta desapareciese de la manera más simple. Aunque era inevitable que el instinto de la vida se abriera paso por sí, horadando la razón en busca de una beta de ingenio que le pusiera en tierra.
Ante este nuevo inconveniente se le planteó la disyuntiva de elegir entre dejar que su calva brillante se tostara bajo el implacable sol o cubrirse con el bañador, dejando que esta tortura la sufrieran los testículos.
“Mejor eunuco vivo que idiota muerto”, pensó. Y con sumo cuidado, para evitar que el bote volcara al quitarse el bañador, cambió su utilidad, luciendo ahora de sombrero la exótica puesta de sol entre palmeras del estampado.
Una hora más transcurrió, si bien de una forma más benigna. “De haberlo sabido me hubiera puesto antes el bañador en la cabeza”. Pensó. La humedad de la tela le mantenía fresca la cabeza, protegía su cogote del sol y dejaba escurrir pequeñas gotas de agua sobre la espalda, aliviando con timidez su piel achicharrada, que se las bebía como un papel secante sin permitir que avanzaran apenas unos centímetros.
De pronto, algo cambió, poniéndole alerta. Entre el ronco murmullo de la mar y soplido constante del viento, inapreciable, distinto, había una tercera voz. Una voz lejana que elevaba el volumen poco a poco. Su espalda se alejó del flotador intentando mantener una postura más erguida para buscar a su alrededor aquel esperanzador ruido.
-¡Sí!, ¡es un motor!.- Gritó.- Es, es, es... , sí. Es un helicóptero.- Y sus lágrimas inundaron los ojos al sentirse salvado, viendo como el aparato de la Guardia Civil daba vueltas entorno suyo, levantando una nube de minúsculas gotas de agua.
- Pájaro a base. Pájaro a base. ¿Me recibe, base?.
- Adelante pájaro, le recibo alto y claro.
- Hemos avistado una embarcación a unas diez millas de la costa.
- Atención Pájaro, reporte detalles para enviar a la patrullera a recoger a los inmigrantes.
- No Base, no se trata de una patera. Repito, no se trata de una patera. Es una embarcación hinchable con un único tripulante. El tripulante está completamente desnudo y tiene la cabeza cubierta con un paño de colores.
- Por favor, Pájaro. Confirme datos.
- “Roger”. Se trata de una embarcación hinchable y el tripulante está completamente desnudo.
- Atención Pájaro. Déjese de bromas. Sabe de sobra que éste es un canal de emergencia.
- Que no, demonios. Ahí abajo hay un tío en pelotas con un trapo de colores en la cabeza. ¿Necesita más confirmación?.
- De acuerdo Pájaro. Regrese a la base. Debe ser algún nudista cachondo o un “hippie” de esos de Greenpeace.
- O.K. Base, recibido.
La nave se escoró hacia su lado de estribor y se alejó a toda velocidad a muy poca altura del agua ante la perplejidad del sufrido naufrago, que continuó llorando. Esta vez, presa de la incredulidad, al comprobar que su más real posibilidad de salvamento le abandonaba en mitad del mar.
- ¿ Qué quieres de mí?, ¿ quieres matarme?, ¿ es eso?,
¡Pues si es ésa tu voluntad, mándame algo que me mate y deja de jugar conmigo!.- Elevó de nuevo la voz, mirando al cielo. Reto desesperado, nacido del más profundo deseo de dejar de sufrir las quemaduras del sol, de dejar de padecer la constante decepción de que el destino, ante sus mismas narices, le cerrase, una tras otra, las pocas puertas que le propiciasen una salida de aquella siniestra estancia, de aquella estúpida situación, e incluso desear morir si con ello conseguía la paz.
Quizás, como consecuencia de sus descaradas demandas, el viento ladrón que le había robado su sombrero trajo las nubes que, si bien en un principio fueron la sombrilla de flores de colores que tanto había deseado hacía unas horas, cuando el implacable sol daba buena cuenta de él, pintó las aguas de un azul profundo. Un azul que ni era tal, ni gris ni negro, y hacía presagiar la aparición de los terribles monstruos de los abismos mostrando sus dentaduras repletas de afilados dientes, girando entorno suyo, y observándole con la mirada asesina de sus ojos vacíos, sin sentimiento, sin vida.
El temor de ver cercano el umbral de la muerte volvió a situarle entre los vivos, y se acurrucó dentro de la barca en busca de cobijo, quedando a la altura de su vista un gran cartel impreso en el plástico en varios idiomas.
-“Atención. Este juguete no es una embarcación de salvamento y debe usarse en aguas poco profundas donde el niño haga pie.” – Leyó en voz alta.
- Bien, lo tendré en cuenta... Si se da la ocasión.- Se contestó a sí mismo con un especial sentido del humor.
Las olas aumentaron su tamaño en segundos. Mal despertar había tenido la mar, sacada a empujones de su plácido lecho por las inoportunas ganas de juego de su amante, viento traidor, buscando la caricia de su espuma para llevarla lejos, allá donde fuera, como prenda de la que pueda aspirar su aroma cuando se halle tierra adentro.
La inclinación que tomo el bote en una de ellas le hizo volar por los aires, siendo atrapado en su caída por el rompiente de la ola, que lo volteó y llenó de agua sus pulmones y de sal su garganta. Al conseguir sacar la cabeza, su cuerpo se debatía entre expulsar el líquido que no le permitía respirar y la bilis que le había estimulado la purga salada.
Sus manos intentaron por instinto chapotear como un perro para mantenerse a flote, mientras escurría el agua que le impedía la visión. Y al lanzar la primera brazada sus dedos se toparon con el fondo. Era arena. Se apresuro a abrir los ojos. Lucía el sol, el mar se encontraba casi en calma y se encontraba en la misma playa a al que bajaba a bañarse todos los días. Incluso, tenía el bañador puesto.
“Sólo ha sido un sueño”, pensó aliviado. Y durante unos instantes disfrutó del feliz desenlace. Luego, le invadió una ligera sensación de ridículo, como si toda la playa hubiese sido testigo de su torpe aventura. Pero nadie parecía haber reparado en él en el vistazo rápido de un lado a otro que había dado.
“Sí, ella sí. Ella se ha dado cuenta de todo”, pensó malhumorado al observar la sonriente expresión que sostenía su suegra desde debajo de la sombrilla. Sonrisa consciente, como si su puesto de vigilancia, con su sombrilla y su silla desvencijada por el peso, hubieran estado en la playa de su sueño.
“Ríete bruja. Me importa un pimiento. Ahora mismo me voy al chiringuito a beber para olvidar”
- ¡Bien!.- Gritaron los niños, corriendo por el agua a su alrededor. - Papá ha dejado la barca.
Y los dos navíos enemigos volvieron a hacer sonar sus cañones.