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 EL ORO Y LA LIBERTAD  
Por Hector Daniel Rodriguez


IPANGO, julio de 1503


Varado en las arenas de esa costa, tan occidental, que debiera ser el Cipango tan buscado; el Almirante rumia sus penas y sueños.

Sus dos única naves yacen varadas sobre la costa, con sus podridas maderas al sol. Símbolo de un fracaso de una dimensión sólo comparable con su audacia.

Pero él no ve más que sus sueños. Y entre los muchos que tiene y ha tenido, no existe el fracaso.

Nunca se verá envuelto en ese andrajoso traje de palacio carcomido por las polillas y raído por las ratas.

Nunca se verá yaciendo en esa perdida playa, dolorido por la gota que lo tortura, casi ciego.

Él es su sueño y eso será siempre así.

La turba de maleantes devenidos en desventurados navegantes, pulula desgraciada por el borde de la selva que muere en el mar. Sólo dos espigados y fieles hombres están erguidos frente a él.

- Almirante, ya estamos en condiciones de partir, las piraguas están acondicionadas. Estos nativos han hecho un buen trabajo, nunca he visto una nave hecha de una sola pieza tan fuerte como ésta. Hemos agregado batemares, una quilla y arboladura para una pequeña vela.

Por un momento, todas las convicciones renacen con fuerza en este orgulloso y desafiante dueño de un mundo que no ha podido encontrar; sus ojos entrecerrados enfocan a los marinos.

- Bienaventurados seréis, la virgen María os acompañará y conducirá hasta la Hispaniola, para traer la ayuda que necesitamos. Sois los embajadores del Almirante de la Mar Océana y como tal os entrego los documentos para que los presentéis al gobernador y mi carta a los Reyes.

No hay formalidades en la partida, ya no hay disciplina posible que ordene a esos andrajosos hombres autodesauciados. Llevan dos años rebotando de playa en playa sin encontrar más que huidizos seres de piel morena. Nada del oro prometido, nada del paraíso con que los atrajera ese loco. Ese que insiste en seguir sintiéndose Rey de un mundo que no aparece.

Con el atardecer se pierden en el mar rumbo al sudeste.


SANTIAGO DE CUBA, julio de 2004


Fidel González está comiendo junto a sus padres. Desde afuera de la casilla de madera llega el chasquido de las ramas batiéndose al viento. Cuando su madre levanta la mesa y su padre enciende su enorme cigarro, Fidel sale en busca de un trago de ron a escondidas en la casucha que se halla en los fondos del predio. En la oscuridad de la semiderruida y abandonada construcción donde ata ideas y desata sueños en la soledad de cada noche.

Afuera arrecia el vendaval, son tiempos de temporal, de huracanes... de una posibilidad de dejarse ir...

De pronto la luz se esfuma. Una vez más la usina ha interrumpido el suministro.

Como si su cuerpo hubiera recibido una descarga sus músculos se tensan, la adrenalina dispara su revolución interior. En la negrura total se siente invisible. Empuja la portezuela de la casucha y mira hacia el negro infinito donde se esconde su destino.

Pronto está arrastrando una tabla de fibra con su improvisada arboladura y remos.

Un rayo dispara un flash de luz delatora, por menos de un segundo todo queda al desnudo... la figura de su padre apoyado en el umbral de la puerta observándolo con silenciosa aprobación, la mirada húmeda de su madre en la ventana de la cocina que rápidamente se hunde entre los platos sucios... los árboles arqueados por el viento ... sus manos crispadas arrastrando la ... embarcación.

Son doscientos metros entre cañaverales, y al final, la playa con el mar estallando sin cesar. No hay escollos para esas ansias contenidas... Es nada y ya está en el mar...


PIRAGUAS EN EL PURGATORIO, julio de 1503


Porqué será que en este lugar del mundo todo es tan extremo. No ha pasado más de un día de espléndido sol y tibias brisas y de repente, como si una mano divina con un grueso pincel hubiese pintado el horizonte de negro, se anuncia la tempestad.

Las embarcaciones están separadas por unos cientos de metros. Como si sus fuerzas se pudieran sumar, ambos marinos se buscan para enfrentar juntos la negra figura del temporal. Un gigantesco trompo de oscuridad se viene encima girando.

Méndez y Fieschi, que así se llaman estos hombres, dan golpe tras golpe con sus remos en las aguas. Hay que mantener las embarcaciones enfrentando las olas, hay que subirlas, dejarse caer por la ladera opuesta y juntar fuerzas para el próximo embate.

Pronto la pared de agua y viento se les viene encima y se van perdiendo en su interior.

Las horas pasan y el ruido del viento los deja sordos, el latigazo de los chorros de agua que despiden las crestas de las olas les flagelan el rostro.

Méndez observa cada tanto el pequeño tambor atado en el fondo de la embarcación, en él van guardados los documentos. Cuidadosamente envueltos en sacos de cuero engrasado, contienen toda la fuerza y todo el poder del almirante, son la fuerza que los impulsa.

Ya no es día ni noche, solo un abismo negro donde lo más firme es el mar y sobre él tratan de sobrevivir. Ya no se ven entre sí, solo se imaginan, pronto no saben si son ellos o solo el sueño eterno del almirante que no se deja vencer.

Monstruos oscuros se asoman tras la negra cortina, han escuchado tantas historias sobre ellos en las tabernas de los puertos y en las sentinas de los barcos, que solo pueden mentirse e imaginar que no existen.

Mil lenguas de fuego se desatan en el horizonte, son dragones de piel negra, son los resplandores del infierno tan cercano. Ahora entienden lo que escucharan tantas veces con contenido miedo.

Ya no se sienten los brazos, ya no hace frío ni calor, ya se van entregando...


UNA TABLA EN LA TOMENTA, agosto de 2004


Fidel trata de mantener el rumbo que lo aleja de la costa, pronto pasará los peligrosos arrecifes y podrá virar. Este viento esperado lo llevará en la dirección correcta.

Tendido sobre la derruida tabla de surf, mantiene lo mejor que puede el improvisado mástil en posición vertical. Una improvisada quilla, los pontones postizos colocados a ambos lados y un remo como timón, apenas le permiten avanzar con ese viento que le pega por la aleta.

Obra de rezagos rejuntados en la playa durante muchas madrugadas de insomnio, la embarcación avanza decidida en un mar aún calmo por la cercanía de las sierras.

En su mente late con fuerza la ambición por el horizonte, quiere trasponerlo y poder mirar atrás sin ver la tierra amiga en la que ha vivido por más de veinte años.

Pero el Caribe es indiferente a los sueños de quienes lo atraviesan, sin piedad traiciona la ilusión. El temporal, tal como anunciara la radio, se torna huracán y se desvía hacia Fidel; parece perseguirlo, hostigarlo.

Pronto está sobre él, ya de nada vale la minúscula vela que de un brusco manotazo le arrebata el viento.

El aprendizaje es rápido, pronto se siente el frío golpeando el cuerpo, después son las olas que compiten minuto a minuto en tamaño. Esas que lo hacen subir y bajar. Son pacientes en su tarea, van golpeando de igual modo una y otra vez. Hasta que de repente, con traicionera actitud, lo sorprenden de costado. Lo envuelven en un tumulto de agua, lo ahogan por largo rato y lo devuelven a la superficie en el seno de las mismas.

La tensión, el miedo, el dolor y el frío se van esfumando para dar lugar a una única sensación, la de la resignación al destino, sin que por ello se pueda pensar en la muerte. La muerte en esas circunstancias no se teme. De última se percibe como algo que, eventualmente, ya sucedió.

Entonces el espíritu se libera de obligaciones, se pliega sobre sí mismo. Fidel piensa en la traición al grupo, a su sociedad, su gente, esa que ha permanecido cincuenta años aferrada a una razón, sumergida en la orgullosa lucha por ser ellos mismos, con sus errores y sus aciertos.

Sabe de los infiernos y paraísos que están más allá de la isla. Es joven, quiere conocerlos, tal vez equivocarse y pagar por ello, pero quiere verlos por sí mismo.


EN EL OJO DE LA NADA. Algún lugar del mar en algún tiempo


Dicen que el huracán llega de golpe, que nos envuelve en un torbellino de viento, que nos succiona y arrastra en derredor, que no nos deja ver; pero que en su interior hay un punto de calma, donde todo es paz...

Méndez y Fieschi están recostados sobre sus piraguas, todo es penumbra, el aire parece denso, como si fuera un líquido. Se escucha un rumor lejano, la calma los despierta de su entrega. Se miran, están separados por pocos metros. No pueden hablar.

Pasan unos minutos y el primero de ellos levanta su brazo señalando hacia un lado, en la calma ominosa que los perturba el agua está planchada, como en un estanque...

Fieschi mira hacia la nada que señala su compañero y trata de entender que es lo que está frente a él.

Reman con las manos, al acercarse se yergue sobre el agua otro ser, es uno más de ellos, otro perdido en la tormenta. Los tres se van acercando, la penumbra solo deja ver las siluetas.

- Hola... ustedes... ¿ha pasado la tormenta?

- No lo sabemos, no creo... Esto no lo hemos visto nunca. ¿Estaremos vivos?

- ¡Por supuesto! Pero tal vez tengamos que soportar algunas horas más el temporal.

- Nosotros vamos en busca de la isla grande, necesitamos ayuda para reparar nuestra nave y volver a casa.

- Bueno, no sé bien donde quieren ir, pero en mi caso estoy alejándome de la isla. Allí mi tiempo se agotó y aunque me duela el pasado estoy seguro de haber tomado una buena decisión en salir a buscar otros lugares, otra gente.

- Nosotros en cambio queremos regresar. Partimos hace tiempo siguiendo a nuestro Almirante, sabíamos que él había hecho este viaje en otras tres oportunidades, que había vuelto cargado de oro y recibido muchos títulos y honores. Queríamos salir de la pobreza en la que vivíamos. Pero allá en el Cipango, como le llama nuestro Almirante, sólo encontramos un mundo salvaje, sin ley. Un lugar donde todas las ambiciones del hombre se desatan y luchan entre sí para acaparar muchas riquezas y finalmente terminar muriendo, como nos está pasando a nosotros ahora.

- Los entiendo y sé que esas tierras de donde Uds. vienen están llenas de gente con muchos defectos, pero quiero conocerlos, ver si puedo vivir allí, salir de un lugar donde nada tengo. Aunque debo reconocer que extrañaré mucho a la gente de la isla, allí todos hicimos un gran esfuerzo para vivir armoniosamente.

Vemos que de nuevo viene el viento... Te deseamos suerte y que puedas seguir con tu búsqueda.


Y el viento llegó y los desperdigó, ya no se vieron. Al fin y al cabo más de quinientos años los separan, cada cual continuará con sus sueños y sus frustraciones buscando por la vida.

Incontenible ambición y callada resignación, desafiante insatisfacción y sedante placer. Todos estos, vientos encontrados, mueven eternamente el molino de la vida.

Viento, por siglos, nada más que eso, viento, como el que lleva a los navegantes.


PUERTO DE SANLUCAR, 7 de noviembre de 1504


Méndez y Fiasche cargan la litera sobre sus hombros, van descendiendo con cuidado al muelle.

El hombre que en ella yace, hace un gesto con la mano y ambos se detienen. La silueta delgada no puede ocultar la alta estatura, los cabellos blancos revuelan sobre su rostro. Con gran esfuerzo se incorpora levemente, gira su cabeza hacia atrás y sus ojos casi ciegos miran hacia el occidente, como buscando aún descubrir sobre el horizonte la silueta del Cipango.

Ahora apuran el paso, saben que habrá que ir en busca de la corte real. El Almirante irá nuevamente a reclamar sus derechos a los reyes. Allí estarán ellos, tal vez tal vez en sus manos caiga alguna moneda de oro. Y si no es así, al menos estarán lejos del fin del mundo, del infierno donde la ambición ciega la razón.


CARIBE. Julio de 2004


Fidel, se deja caer de la tabla.

Parece un sueño, está sobre la arena de la playa. Ha dejado su isla.

De repente lo sobresalta el tableteo de las ametralladoras, se tira a tierra, este acto reflejo le ha quedado grabado en los años de entrenamiento militar.

Se arrastra hasta el borde de la vegetación, camina unos metros y ve un descampado.

Avanza por el campo guiándose por el intermitente ruido.

Finalmente, observa un caserío y a un costado unos galpones recién construidos, frente a ellos varios transportes con carga. Una multitud se agolpa sobre los camiones cargados de raciones de la ONU, los militares hacen disparos al aire para tratar de mantener el orden y evitar el saqueo.

Toma aire, hecha una última mirada hacia atrás, como buscando la playa que ya no se ve.

Entonces comienza a caminar hacia la multitud, él también tiene hambre...

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