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 NAVEGANDO EN LA VIUDEZ  
Por Miguel Arcángel


Ella sonrió. Sus labios, que abrían cualquier apetito, dibujaron una burbuja que explotó llenando el aire con los pedazos de un beso. Su mano se agitaba como palmera mientras mostraba el ritmo que sus caderas emprenderían luego de su marcha. Su torneado cuerpo, adherido a la ropa, parecía luchar por salirse de esos límites perfectos con la misma fuerza que llegaba el barco al puerto; sus piernas largas y color bronce iniciaron el ascenso por las escaleras mientras Andrés contemplaba aquel espectáculo.

La tarde que llegó a la ciudad para constatar los hechos y horas antes de hacer firmar los papeles por la beneficiaria, Andrés notó que la atmósfera concentrada en una de las alcobas del yate era tan pesada como la maleta que llevó al embarcadero a solicitud de la bella viuda.

De Doña Luna decían algunos que había pasado a mejor vida al contraer matrimonio con el viejo y millonario cascarrabias de Puerto Gibraltar, pequeño y caluroso pueblo, cuyo mayor atractivo era un estuario formado por la desembocadura del pesado río. Mientras otros habitantes de esa aldea con muelle decían que ella había pasado a mejor vida al morir el quisquilloso.

El testamento era concreto: Doña Luna sería una de las herederas si la muerte de Rodolfo se daba por motivos naturales. Deducir que Doña Luna tenía derecho a lo suyo no fue tan difícil para Andrés como conseguir dejar de pensar en ella desde que hablaron a solas en la intimidad de la cocina de la embarcación, que Don Rodolfo le había decorado a su Luna como si fuera el aposento de una reina.

El recinto, aunque grande, apenas sí tenía espacio para los utensilios de culinaria, estufa, hornillo y cuanto instrumento para gastronomía habían inventado y estaban por inventar. El decorado fue testigo silencioso del único encuentro de Doña Luna con Rodolfo, placer que a lo sumo le devino en muerte; y del exclusivo encuentro de Doña Luna con su hijastro, goce que la dejó como única sucesora viva.

No hay muerte mas natural que la ocasionada por un paro cardio-respiratorio, dictaminó el médico forense Andrés al examinar todas las evidencias aportadas tan generosamente por Doña Luna.

La tarde anterior, mientras conversaban, ella invitó a Andrés a cenar. Verla preparar el Bisque de jaiba lo sacó de la contemplación del atardecer que caía sobre el muelle. Una cocina de esas dimensiones no la pondría un navegante sensato en la embarcación, pensaba, cuando la sintió moverse con agilidad de alcatraz pescando: troceaba la jaiba natural con deleite; calentaba la mantequilla con pasión, salteaba la jaiba en la mantequilla dorándola suavemente. Cortaba desenfrenadamente en pequeños trozos cebolla, zanahorias… puerros. Añadía el mirepoix fino con frenesí, agregaba con delirio el coñac y terminaba con un espasmo al flambear.

Tomaba entre sus finas manos el tomate, espolvoreaba la harina, agregaba el fondo y dejaba cocer a fuego suave durante 30 o 45 minutos; mientras acariciaba los instrumentos usados con anterioridad; como dándoles un masaje para insuflarles nuevo vigor. El tiempo pasaba ante los encantos gastronómicos de Doña Luna.

Condimentar. Filtrar todo con paño. Desglasar con cuchara. Refinar con crema. Eran espectáculos que brindaba la señora en su reino natural. Servir aparte con crutones naturales, tomates naturales y trocitos de limón para decorar fue el éxtasis. Servirlo con un buen chardonnay frío en el balcón de la sala, frente al mar, fue la última convulsión.

Solo alguien experimentado en el arte de la medicina no moriría por falta de aire y taquicardia al estar en la cocina y ver a la voluptuosa viuda, con su lasciva mirada, su lujurioso andar, y sus concupiscentes y carnosos labios dibujando una burbuja que explota llenando el aire con los dispersos pedazos de un liviano beso; mientras su mano se agitaba como palmera, mostrando el ritmo que las balas emprenderían luego de dispararle al exhausto comensal.

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