“Lo Llamaremos “Mudy” hasta tanto sepamos algo de él y de su familia”, le dijo la Médica del Hospital del Sur de la isla a su asistente.
Su corta edad, apenas 18 meses, no le permitían entender que pasaba a su alrededor pero su sonrisa inocente dejaba ver sus blancos dientes que resaltaban sobre su piel intensamente oscura.
Para “Mudy”, ni siquiera el estruendo del disparo de la guerrilla a la cabeza de su hermana Jane le hacía sentir esa triste realidad que lo rodeaba, pero sí fue la espoleta que decidió a Djuice y a Boakye, sus padres, de que no había futuro en sus tierras de Costa de Marfil y que debían empezar a pensar en ese barco lleno de gente que habían visto partir durante una noche desde el puerto de Abdiján. Sólo algo les atemorizaba, ya que su tía Stella había subido a un barco similar y nunca más supieron de ella. Pero era un temor muchísimo menor al que sentían al vivir en esas tierras que alguna vez fueron ricas en cacao y que hoy la guerrilla desolaba sin piedad.
En una mañana de principios de Julio, Boakye se levantó sobresaltado pues había tenido una terrible pesadilla y con la idea asimilada en su mente, se dirigió a Djuice y le dijo: “Nos contactaremos con Tib”.
Tib era un mercenario fuera de todo código. Sin códigos en el Mar ni en la Tierra. Jamás había sentido pena por esos negros que llevaba hacinados en su barco. Su figura extremadamente corpulenta y su melena rubia resaltaba por sobre los desgarbados y hambrientos cuerpos de sus circunstanciales pasajeros. El sabía que era la llave de la libertad para muchos. Pero también sabía que en cada viaje condenaba a muerte a otros tantos.
Hacia mediados de Julio, sin ninguna maleta y sólo con lo puesto, Djuice y Boakye, con su pequeño hijo en brazos, se dirigieron sigilosamente a la zona del puerto y a pesar de la fuerte vigilancia lograron acercarse al muelle que está del lado Norte. Ya había anochecido. El contacto con Tib les había permitido saber que el barco saldría bien temprano por la mañana del día siguiente, si todo iba bien.
Escondidos detrás de unos contenedores, veían un poco mas allá al “Binter” y en segunda andana el “Allianza”. Apenas se podía leer sus nombres en la proa pues a sus Capitanes poco les interesaba que se sepan. Hacía mucho tiempo que el francobordo no se pintaba. Tampoco ninguna bandera flameaba en sus popas.
Un poco más tarde, personas a las que Boakye no pudo identificar pero que luego se daría cuenta que eran los lugartenientes del temerario Tib, le dijeron que primero se haría a la mar el “Binter” y que ellos debían esperar la partida del “Allianza”, pues en el primero no había más lugar. Allí otro mercenario les avisaría de la salida mediante una señal con una linterna.
En ese mismo momento, Boakye volvió a revisar sus bolsillos para verificar el dinero que tenía para la paga de sus lugares en el barco. Eran todos los ahorros que había juntado como comerciante con la ayuda de su esposa peluquera. Sólo les permitía el lugar en el barco para los tres. Tal vez algo de comida y un poco de agua les darían, pensaba. El pago era mitad al iniciar el viaje y mitad al bajar, pero nunca nadie les aclararía donde ni cómo.
Boakye había hablado con su esposa, que el viaje no sería largo pues le habían hablado de unas islas que estaban próximas a las costas de Marruecos e imaginó que irían para allí.
Aguardando la partida, Djuice se durmió arropándolo a “Mudy” hasta que a las cuatro de la madrugada la mano desesperada de su marido la despertó, avisándole para subir al “Allianza”.
Sólo restaba esperar el cambio de guardia de la Autoridad Portuaria hasta que a las 06:00 AM entrara Mahmoud, oficial al que Tib ya le había dado “su paga” para que mirara otro horizonte.
Tib, en un acto de desconocida cordura, al ver al pequeño “Mudy”, le permitió a él y su madre permanecer en el puente. En la oscuridad solo los blancos ojos de Djuice podían verse, ya que su boca, cerrada del terrible susto que la abatía no dejaba ver sus dientes.
“Los demás todos sobre cubierta” profirió Tib con su vozarrón a lo que los sumisos negros, algunos sin comprender lo que decía, hicieron inmediatamente caso. Entre ellos estaba Boakye que con recelo miraba desde la cubierta a través del ojo de buey del mamparo de popa del puente. De todas maneras no podía evitar que el Capitán mirara con buenos ojos a su bella esposa, ya que sus deseos de libertad superaban cualquier sensación encontrada que pudiera tener.
Una vez arrancados los dos motores, el que hacía de Maquinista contabilizó 99 pasajeros. No quería que Tib se pasara de listo en el reparto del dinero, algo que solía hacer muy a menudo. Pero poco le interesaba que el motor de estribor funcionara en tres cilindros y que el de babor tirara humo por encima de lo normal. Su experiencia le decía que eran lo inyectores. Pero siempre tomaba cada viaje como si fuese el último, así que no iba a tomarse el trabajo de la reparación. Pero, sí siempre verificaba el funcionamiento de la única bomba de sentina pues sabía que por alguna traca podrida ingresaba incesantemente agua. Su rutina era abrir el tambucho de popa, justo el que daba al pocete de sentina y con su linterna alumbraba la serreta que le indicaba la medida justa antes de encender la bomba, por supuesto por manual, ya que en automático hacía varios viajes había dejado de funcionar.
Mientras tanto, Djuice, tenía el triste privilegio de ver la maniobra de salida desde el puente de mando. Su comprensión de las cosas no le permitía darse cuenta de las innumerables falencias que tenía el “Allianza”. Tampoco ni ella ni nadie sabían de su destino en este pequeño pesquero de 20 metros de eslora. Pesquero que en la época de oro del Atún llenaba sus bodegas, pero vaciando junto a otros pesqueros el Mar de Namibia para ir a buscar otros mares y así hasta que encontró el infame destino del transporte de personas en busca de la Libertad.
Ya por la mañana y alejado el peligro de la patrulla costera de Costa de Marfil todos pudieron apreciar la inmensidad del mar que de a poco y con un insistente viento del Noreste fue levantando una marejada suficiente como para que el agua empezara a entrar por lo imbornales que estaban a las bandas, manteniendo permanentemente mojada la cubierta donde iban recostados, uno del lado de otro los, ya a esta altura, asustados y mareados pasajeros. El rumbo mucho no ayudaba pues era Nor - Noroeste y los Alisios del Noreste justo le pegaban por la banda haciendo rolar demasiado el barco. Al rato, ya varios habían empezado a vomitar. El problema era que tenían sus estómagos vacíos. Algunos incluso, desde un par de días antes de la partida, así que sólo bilis salía de sus entrañas.
Luego de cuatro días en altamar algunos pudieron probar una masa de arroz hervido con azúcar. Para beber solo había agua putrefacta que salía de un tanque. Djuice mojaba un trapo de la válvula de salida y le humedecía un poco los labios a “Mudy”. Los más desesperados probaban agua de mar que luego les haría estragos. Pero, como ya había sucedido, al primer atisbo de alguna queja, el vozarrón de Tib mermaba el ímpetu revelador de los “pasajeros”.
En la víspera de la vigésima singladura, su posición era 15º 10`N -19º05`W lo que significaba un poco más al Norte de Dakar y a través de las Islas de Cabo Verde. Solo Tib sabía de la posición del barco, mientras que Djuice escuchaba asombrada ese aparato raro que cada tanto emitía alguna palabra a la que Tib JAMAS respondería. El VHF sólo era para mantenerse en escucha. Una vieja sonda de pesca JRC completaba la vetusta electrónica del barco.
Por su parte Boakye ya mostraba avanzados signos de deshidratación. Era uno de los más débiles del contingente y ya no respondía a los llamados de Djuice que a veces salía del puente para verlo. Ella no quería que “Mudy” viera a su padre en ese estado.
Pero cuatro días más tarde, un tumulto en la cubierta -a la que Tib junto al Maquinista- acudieron rápidamente, dio cuenta de la muerte de Boakye. Su esposa, deseaba morir con él, pero pensaba en el niño y cuánto más infortunio podía padecer. Por la noche y sin ningún rito lo arrojaron al agua.
En esos momentos la preocupación de Tib era la luz de navegación de estribor que no quería encender. Le dio dos golpes para ver si encendía - otras veces había hecho así-. Seguramente el agua de mar mojó los contactos- pensó. Poco le importaba el negro que acababa de tirar al agua. Era uno más. Pero los sollozos de Djuice lo estaban poniendo nervioso. “Mudy”, como siempre, no sabía qué pasaba a su alrededor. Estaba embelezado con las luces del tablero y con la pequeña rueda de timón. Tib, que había tomado cariño por él, cuidaba que no se golpeara con alguna de las cabillas y lo tomaba con sus manos ayudándolo a timonear.
Por esos días, la Fragata “Libertad” visitaba los puertos de las Islas Canarias, llevando a bordo a los cadetes que ese año egresarían como Guardiamarinas de la Armada Argentina. Su partida estaba prevista para el lunes 15 de agosto desde el Puerto de Santa Cruz de Tenerife con próxima escala en San Salvador de Bahía, Brasil. Los alisios la llevarían prontamente a su próximo destino. Pero ninguno de sus tripulantes imaginaba lo que a pocas millas de partir iban a ver y que jamás olvidarían.
Su Comandante había decidido mantenerse a motor hasta unas millas más al Sudoeste del cono de viento entre las islas de Gran Canaria y La Gomera, manteniendo un rumbo de 220º. Luego de ese punto, sí desplegar sus 2652 metros cuadrados de velamen repartidos en 27 velas. Uno de los momentos mas esperados por la tripulación y especialmente por la Comandancia era ver a los gavieros subir a los mástiles para desenvergar las velas, parar las máquinas y ver como esa majestuosidad de Fragata cortaba el agua y disfrutar del “silencio” del viento.
A bordo del “Allianza”, las cosas poco a poco iban empeorando al punto de quedarse sin combustible y quedar a la deriva. Tib tomó la precaución de registrar una posición del GPS sobre la carta: 27º 25' N y 17º 15' W, lo que indicaba estar a unas 35 millas al sur de la isla de La Gomera, que formaba parte del archipiélago de Canarias. La mayoría de los pasajeros ya ni comprendían lo que sucedía. Muchos estaban al borde de la muerte. Hasta que uno de ellos, con sus párpados caídos del agotamiento, divisó un barco de tres mástiles. Era la hora del crepúsculo y ya la “Osa Mayor” de veía en el firmamento.
Prontamente Tib encendió una bengala, pero su torpeza hizo encenderla al revés, quemándose sus manos. Por lo que Djuice tomó la valerosa decisión de encender la siguiente.
En el puente de mando de la “Libertad”, el Timonel, que terminaba de cebar un mate al Oficial para acortar un poco esa aburrida guardia hasta las doce de la noche, no podía creer lo que sus ojos acababan de ver. Justo a la proa y a no más de cinco millas: una luz de bengala. Corrió hasta el camarote del Comandante para darle aviso de la situación, el que rápidamente ordenó un “A TODA MAQUINA!!”. Él confiaba plenamente en sus nuevos motores instalados antes de partir de Buenos Aires. “MÁQUINA MUY DESPACIO” ordenó cuando la distancia en el radar le marcaba cinco cables. Antes de perder arrancada, puso el barco proa al viento y luego su orden fue “PARA MÁQUINAS”.Le pidió a su Oficial de Guardia que anotara en el Libro de Bitácora minuto a minuto de la maniobra.
Tomó los binoculares de visión nocturna que le habían obsequiado en su estadía en Hamburgo y dirigió su vista hacia el barco. No podía creer lo que acababa de ver. Entonces pidió que encendieran el reflector “Canal de Panamá”. Era el que más potencia lumínica tenía. Toda la tripulación de la Fragata -apoyados en la barandilla de la banda de babor- que antes escuchaban los gritos desesperados, podían ver ahora a esa multitud que agitaba sus brazos desesperadamente.
Liberaron el pescante de la lancha de rescate rápido y el Primer Oficial con dos marineros, se dirigieron hacia el “Allianza”. Giraron a su alrededor y pidieron hablar con el Capitán para explicarle la maniobra de rescate que iban a realizar. Tib, respondió entre dientes con un “O.K”, ya sabiendo cual sería su destino los próximos años.
El Comandante decidió llamar a la Guardia Costera del Puerto de los Cristianos para su ayuda y coordinación en tierra y luego se comunicó con los apostados en la lancha avisándoles que iba a comenzar a acercarse hacia el “Allianza”. También le pidió al contramaestre que preparara todas las mantas disponibles abordo. Al cocinero no hacía falta darle ninguna indicación. Siempre presto a saber que es lo que necesitan “sus” guardiamarinas, preparó chocolate caliente.
Uno a uno fue subiendo a bordo. Djuice, con sus ojos llorosos – y que algo entendía de castellano - leyó el dorado nombre que estaba en el costado del puente de mando: “LIBERTAD”. Abrazo a “Mudy” y se desvaneció.
Cuando despertó en el Hospital preguntó por Vitor, su pequeño hijo.
FIN