Luego de los cuarenta días y cuarenta noches de agitación y marejadas que sobrevinieron cuando terminaron de cazar y cargar, y tras zarpar y dejar atrás el Cabo, el mar se calma hasta parecer un cristal pesado y receloso.
Pero el barco no. Una inexplicable inercia lo sacude, lo sube y lo baja, lo rota y lo escora para aquí y para allá, provocando las corridas de los marineros ante las órdenes y contraórdenes que continuamente descerraja Souza desde el puente.
“ ¡ Izar el foque ! ¡ Arriar las cangrejas ! ¡ El rumbo, timonel ! ¡ Todo a babor, todo a babor ! ¡ Contramaestre, arriar el velamen ! ¡ Todo a estribor, le dije, timonel ! ¡ Vamos, icen, icen ! ”
Se le ve desencajado y enfermo. La boca es un trazo negro sobre la piel lívida de la cara, cubierta en parte por el mechón oscuro que no alcanza a sujetar su gorra. Asido con una mano al cabo del foque, aferra en la otra su botella, a la que interpela de continuo.
“ ¡ Vientos de popa . . . y también de proa !” -vocifera confundido el grumete que flamea trepado al palo mayor.
“¡ Es la carga, Capitán ! ¡ Es la carga !“ -grita Morantes, que ha desenvainado su espada al ver los espasmos enloquecidos de la brújula y el sextante.
“¡ Mierda !” -regurgita Souza viendo inflarse el velamen empujando el buque hacia delante y también hacia atrás.
Extenuadas las gaviotas vuelan rasantes una y otra vez buscando el barco, y al no encontrarlo, mueren desplomándose con un chasquido sobre cubierta, provocando el espanto de los peces que buscan refugio en las sentinas donde sólo se divisa una multitud de ojos iracundos y blanquísimos dientes que los devoran a dentelladas.
Las escotillas se abren y cierran estrepitosamente con cada sacudón y a veces, cuando el barco se levanta en el aire exponiendo la quilla como un negro esqueleto que quiere cobrar altura, tañe la campana de zafarrancho sin que nadie tire de la cuerda, sembrando pavor en la tripulación.
La espingarda de popa se desamarra y cae, y cruza la cubierta a uno y otro lado destrozando todo lo que halla a su paso.
Alrededor del barco todo se ve negro porque negro es el sol que se levanta al Oeste y también el cielo que lo cubre. Pero más allá no. Allá el mar se ve gris, acerado como siempre, y hasta ese borde se animaron los galeones de bandera negra que abalanzándose, abrieron sus troneras y se erizaron de cañones para el ataque y el abordaje. Pero no llegaron a hollar las aguas negras pues cambiaron de rumbo y se fueron a toda vela, aterrorizando a Morantes, a Souza y a los tripulantes que prefieren mil veces lidiar y hasta morir combatiendo con seres de sangre y hueso. Y la carabela que navegaba hacia el Sur y al encontrarlos viró por completo y retomó su propia estela. Y los dos prahos malayos, el bergantín y el drakkar.
Tomando impulso el barco se levanta en el aire y vuelve a clavar la proa, inundando la cubierta y desatando alaridos en las bodegas atestadas.
“ ¡ El barco está maldito, Capitán ! ¡ Es por la carga ! ¡ Vamos a naufragar ! ¡ Ordene arrojar la carga ! -clama el Segundo.
“¡ Es cierto, Capitán ! ¡ Estamos malditos ! ¡ Arrójela, por Dios !“ -barbota Morantes.
Y Souza siente miedo. Un miedo peor que el sufrido durante tantos días y noches de terror, porque además, ahora está rodeado por el gesto sanguinario de los tripulantes, de los artilleros, de sus propios oficiales.
“ Arrojen la carga “ -dispone, sumiendo los hombros, tras cavilar unos instantes. Y no levanta la mirada cuando se abren las escotillas de las bodegas y la tripulación comienza a sacar del interior a esos hombres negros, desnudos o cubiertos apenas por un trapo, y entre gritos y forcejeos los arrojan por sobre la borda, ayudándose muchas veces con espadas y puñales.
El alarido del chiquillo se confunde con la salvaje jerigonza del viejo al que se aferra con pies y manos. Cuatro hombres los domeñan, los separan y lanzan el hombre al agua. Y el sólo instante de duda en el que Gomes y el Capitán se miran sirve para que el niño resbale del brazo que lo atenaza, repte por debajo del esquife y salte, llevando consigo los últimos ecos de la barahúnda.
Ya no se oyen gritos ni sollozos en las bodegas desiertas.
El barco inmóvil deriva al pairo como sobre un mar ausente. Un mar ecuatorial, acerado, bajo un cielo nublado e inhóspito, como siempre.
Contra la borda, los marineros observan que nadie queda ya en la superficie del mar.
“Contramaestre, llame a la tripulación.” -ordena Souza.
Flanqueado por su Segundo y su Contramaestre, Souza mira a los ojos a los hombres, que han formado a su frente. Luego arroja la botella al mar y apoya su rodilla izquierda sobre los maderos de cubierta, enchastrados de sangres y salitres.
“ Oremos.” -dice, cerrando los ojos.