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 EL ULTIMO MAR  
Por Martín Ernesto (2004)


El salón estaba cubierto por una espesa neblina; consecuencia de las columnas de humo que surgían de las pipas marineras. Parecía una vieja bodega de madera, con ratas incluidas, repleta de decoraciones náuticas: lámparas, redes, remos, enormes anclas, mascarones de proa, nudos, y todos esos adornos tan preciados por la gente de mar. Un soberbio Neptuno de bronce, de mirada paternal, vigilaba a cada uno de sus alegres hijos. Las banderas daban la bienvenida a toda la gente de mar; y solo a ellas.

El ruido era insoportable, mezcla de canciones al acordeón y desafinadas voces, sumadas al chocar de jarras metálicas, risotadas, griterío, y el murmullo constante de la incansable conversación a viva voz. Como en la zarzuela “Marina”, se escuchaba el estribillo:

       “A beber, a beber a ahogar
       el grito de dolor,
       que el vino hará olvidar
       las penas del amor.”

El escándalo no era menor pues había alegría. La Hermandad de La Costa estaba por entrar en sesión y sus socios vestían de marineros, con cuidadas gorras blancas, botones dorados, insignias brillantes, y esas inconfundibles chaquetas obscuras de capitán de barco. Otros, más irreverentes, vestían pantalones desgarbados, cinturón de gruesa hebilla, y esas infaltables camisetas a franjas rojas y blancas de los tripulantes de antaño. Se veían por doquier tuertos con parches negros; crujientes patas de palo y amenazantes garfios ortopédicos, aparte de los verdes loros que eran legión.

De pronto el silbato del contramaestre silbó agudo. Seguido del consabido:

“Atención hombres de marrr..., subid al palo de mesana; arriad las velas. La sesión de la Hermandad de la Costa está por empezar.”

En el fondo de la sala dos amigos asían unas jarras de latón, mientras jugaban a las cartas bajo la luz de una vela de sebo. Su ánimo era diferente del resto de la cofradía.

-¿Qué te pasa, Jorge? -Preguntó David Cárdenas, el famoso buzo poseedor del record mundial de inmersión profunda, además de ser un famoso navegante solitario.

-Esto es una porquería -Dijo Jorge Del Mar, famoso armador, y náutico aficionado- ¡Nunca más vengo a este estúpido club! ¡Sólo perdemos el tiempo!

Hizo una pausa para empinar el codo y beberse de una sola vez la mitad de su enorme jarra de vino. Se secó la boca con la manga y siguió.

-Mira a ese gordo ridículo bailando polca marinera. Observa a ese otro idiota disfrazado de Capitán Garfio. Todo es absurdo. ¡Apestosamente ridículo! No somos marineros, sino simplemente actores de pacotilla, tratando de imitar una realidad que no nos pertenece. Estamos en una zarzuela y no en nuestro elemento: el mar.

-Ya comenzó... –Pensó David.

-Los marinos de antes si que eran bravos –Siguió Jorge-. Viajaban en cáscaras de nueces, rompiendo con ellas las gigantescas olas del Cabo de Hornos. Todo lo lograban sólo con valor; con una inquebrantable voluntad. Esos eras hombres, si señor. No somos más que un grupo de borrachos tratando de vivir un sueño prestado.

-Me ofendes –Protestó indignado David-. He recorrido todos los mares del planeta y he enfrentado sólo las montañas de agua del Cabo de Hornos. Me he metido hasta el fondo de los mares, a punto de morir aplastado como una cucaracha. Jamás temí. No tienes derecho de menospreciar mi valor. Es más, muchos de los payasos que vez aquí son bravos navegantes; tú lo sabes Jorge. ¿A qué viene tanta indignación?

-¿No te das cuenta? Hace siglos que se acabaron las hazañas en el mar. Todo está hecho. No hay nuevos desafíos. ¡No queda mar por descubrir! ¡No queda hazaña alguna por hacer!

-Baja la voz, por favor –Rogó David-. Vas a provocar una pelea.

-¡No me importa un comino este estúpido club! –Insistió Jorge indignado, y entonces proclamó en voz alta.

-Escúchenme todos ustedes, marinos de barcos de papel, payasos disfrazados de hombres de mar, borrachos ridículos. ¡Ustedes no son nada, farsantes! –Gritó, interrumpiendo el inicio de la sesión y arruinando la alegría.

Todos quedaron en silencio; a la expectativa. Segundos más tarde del otro extremo de la sala surgió la voz potente y desafiante de un hombre de cabeza afeitada y talla de mastodonte.

-¿Y que has hecho tu, imbécil? ¿Has logrado algo importante acaso, como descubrir un nuevo mundo, o avistar un nuevo mar?

-No. ¡No lo he hecho, pero lo haré!

Todos enmudecieron y se miraron sorprendidos. Definitivamente Jorge Del Mar se había vuelto loco, enviciado con esos documentales históricos que tanto le gustaban; pensaron todos. Eso le hizo perder el seso.

-¡Mírenme, pobres diablos! –Dijo desafiante Jorge, borracho y fuera de sí- ¡Miren al conquistador del último mar! Dominaré un nuevo océano. Seré el primero en hacerlo en muchos siglos. Al verlos a ustedes, montón de mediocres, me decidí.

-¿Y dónde encontraras ese “ultimo mar”, Tonto? –Inquirió desafiante el calvo, quien se acercaba lentamente a la mesa de Del Mar.

-En Europa. ¡Conquistaré el último mar: aquel que está en Europa!

Todos rieron sin freno, pues creyeron comprender que Jorge hablaba del viejo continente. Sin embargo Jorge miraba más lejos, hacia las estrellas. Estaba pensando en los mares profundos de la Europa espacial, la luna de Júpiter, los cuales esperaban al conquistador, ocultos bajo una gruesa capa de hielo. De hielos eternos.

El calvo no escucho razones. Golpeo repetidamente a Jorge y de un solo gancho lo noqueó. Después lo tomó en vilo y lo lanzó a la calle. David quiso intervenir pero también salió volando como un pajarito.

Al día siguiente, en la cama de un hospital, con un ojo en tinta y un diente menos, Jorge le prometió a su amigo David lo siguiente:

-No se como lo haremos para financiar la aventura, pero prometo, en nombre de Dios, que conquistaremos los mares de esa Europa que orbita Júpiter.

David pensó que su amigo había perdido el juicio. Pero se equivocaba.

Después de dos años consiguieron milagrosamente el ansiado financiamiento. Entonces Jorge y David partieron hacia Júpiter, siendo despedidos por algunos socios de la Hermandad; eran los últimos amigos que entonces les quedaban.

El viaje duró seis meses en un carguero de tercera que llevaba una expedición de diez personas, el equipo, el sumergible y los trajes de buzo de alta presión. Ya el satélite de hielo se podía ver a simple vista, con Júpiter como telón de fondo. Parecía tan grande como la Luna; y lo era, en efecto.

Meses antes una sonda robotizada se había posado sobre los hielos de Europa. Allí, solitaria, se dedicó a buscar el lugar preciso para perforar un agujero a través de la capa de tres kilómetros de hielo que cubría los mares subterráneos. Luego cavó en ella un pozo de diez metros de diámetro. Lo hizo lentamente, hasta llegar a las aguas. Más las mareas gravitatorias de Júpiter amenazaban con derrumbar el agujero en cualquier momento, y las agitadas aguas subterráneas salían del mismo a gran presión y en oleadas que se congelaban al instante. La superficie de hielo seguía el oleaje de las mareas gravitatorias jovianas, crujiendo y quebrándose a traición. Se trataba, sin dudas, del lugar perfecto para morir.

La expedición se quedó en órbita, y solo Jorge y David bajaron a la superficie de la peligrosa luna, vistiendo unos trajes de alta presión de color violeta que les daban el aspecto de enormes cangrejos prehistóricos. El alunizador los dejó en la superficie, junto al pequeño submarino anaranjado de la expedición. Sin mediar mucho tiempo, los hombres ingresaron al submarino y se acomodaron. La grúa de la sonda izó en vilo el cilindro naranja y lo bajó por el pozo hacia las traicioneras aguas de Europa.

-Sabes David, este es el día más feliz de mi vida. Estamos haciendo historia –dijo Jorge eufórico, mientras bajaban por la claustrofóbica tumba de hielo hacia las siniestras aguas del fondo.

-Es verdad –Contestó David irónico-. Sólo espero que no quedemos nosotros para la historia.

-Estamos en el “último mar”, David, realizando aquel sueño de Verne de descubrir un océano en las profundidades del mundo: el primero desde que Balboa pusiera pie en el Pacífico.

La nave se sumergió pausadamente en lo profundo, en la oscuridad mas absoluta, solo quebrada por los potentes focos del submarino. Las corrientes agitaban la frágil nave. Arriba de sus cabezas, ya a varios cientos de metros, se apreciaba la gruesa capa de hielo de Europa agitándose y quejándose como un espectro.

A tres kilómetros de profundidad bajo los hielos, y con una presión equivalente a la de 500 metros bajo los océanos de la tierra, los hombres ingresaron a la compuerta que daba al exterior para sumergirse en las densas aguas. Una vez fuera sintieron todo el peso del mar sobre sus armaduras de buceo, y comprendieron la hazaña que estaban realizando. Caminaban lentamente por un ambiente oscuro e inaudito, iluminado sólo por la luz de sus cascos, la que se proyectaba sobre el piso desolado del fondo oceánico. Los trajes de extremidades cilíndricas, hechos de fibras de carbono y exóticos metales, crujían y se resentían, al punto que presagiaban el colapso. El temor de un accidente en ese siniestro lugar les recogía el alma: si cedía el blindaje de un brazo lo perderían; si colapsaba en tórax, morirían de inmediato.

De pronto el haz del casco de Jorge dio de lleno sobre una roca ancestral. De la misma surgió un inesperado destello rosado. Era un reflejo sobrenatural en aquella opresiva región del universo; en aquella zona de profunda muerte. Jorge se dirigió hacia el lugar. Sobre la roca, algo como una suave alfombra alegraba la mortecina sequedad de la piedra. La mente de Jorge lo entendió de inmediato.

-¡David! Esta roca tiene una planta. ¡Hemos encontrado vida!

-¡Ave Jorge! –Respondió David, con inesperado lirismo-, Ahora no solo sois el conquistador del “ultimo mar” del Sistema Solar. Además eres el primero en encontrar vida fuera de la Tierra. Desde hoy eres inmortal. Los hombres cantaran tu gloria por los siglos de los siglos.

Y así fue. Al regreso la Hermandad de la Costa en pleno, en tenida formal de pirata con parche en el ojo y loro al hombro, les estaba esperando en el puerto espacial donde aterrizó el trasbordador. Digo todos, a excepción de un calvo grande como mastodonte, quien no pudo asistir pues dormía entonces en la cama de un hospital con dos ojos en tinta y dos dientes menos.

Los medios cubrían el evento en directo y no los dejaron tranquilos por dos días. Una semana mas tarde en la Hermandad de la Costa se celebraba una sesión especial para recibir con todos los honores a sus hermanos más notables. Los discursos iban y venían. Llovían los elogios a sus ilustres hijos, y las promesas de amor eterno.

Se recitaron poemas marineros. Se tocó el acordeón. Se danzó polca con muchachas de dudosa reputación, que reían a carcajadas cuando les pellizcaban el trasero. Se habló fuerte y la bodega se llenó del humo de las pipas de marinero. La gente estaba alegre y dispuesta a celebrar a quienes conquistaron el último mar. Incluso las ratas danzaban en sus agujeros. El bullicio persistía pero era opacado por un estribillo insistente, donde Jorge hacía, desafinado y estridente, la primera voz del brindis de “Marina”:

       “A beber, a beber a ahogar
       el grito del dolor,
       que el vino hará olvidar,
       las penas del amor.”

Fin.

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