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 EL COLECCIONISTA DE LATIDOS  
Por Yolanda Arroyo Pizarro (Puerto Rico)


La calma rasgó a la tempestad justo por el medio, como un sable forrado de pulsaciones y empapado de agua salada. El sol aún no besaba las olas, y mi rostro y su rostro desfallecían. Las punzadas tejieron una danza matizada de opacos entre la neblina de océanos, y el rocío que temíamos no volver a ver. Un tajo se llenaba de ardor en mi hombro. Una herida en la frente de ella latía. De nuestro velero no quedaba ni el rastro. Afortunadamente, no muy lejos, vimos a otra de las embarcaciones que había salido junto a nosotros la mañana anterior.

Hicimos señales y ellos contestaron. Aquel otro velero, que desconocía nuestra historia, era turquesa y plateado; en ocasiones cuando el atardecer lo tergiversaba, se volvía verdegris. Las olas lo empujaron con insistencia y me volvía a llenar el pecho de esperanzas. El mar trajo consigo murmullos ininteligibles desde su cubierta. “Vamos a rescatarlos” vociferó un silbido apaciguante, o quizás era un sonido alucinado, como único ruido de los que intentaba interpretar mi sentido común.

Miré a María de nuevo. Reconocí sus párpados chamuscados y a la deriva, sus labios descascarados y llenos de ampollas, su cabello desaliñado, una maraña de ojos y mil pelusas coloradas en la piel. No había querido mirarme durante el torrencial. La lluvia había asustado a su pedazo de tronco flotante, pero la hacía tiritar a ella del miedo. Por algún vestigio del destino, su balsa improvisada se mantenía atada con una cadena apenas visible a mi pedazo.

Era su piel la que pagaba las consecuencias percibidas por otras superficies. Remos, plástico, metales huecos. Las pesadas gotas habían insistido en cerrarle los párpados, como salvaguardando su ansiedad. Luego, al ceder la llovizna, María tampoco había osado echar un vistazo. Temía que yo descubriera en sus irises lo que ya me decían sus nudillos poco aferrados al despojo de maderas.

Recordé el justo momento en que la proa había desaparecido fondo abajo en medio de la oscuridad del cielo. Un rayo había alumbrado nuestros pesares por un segundo. María se volvió hacia mí y tocó mi pecho.

—Devuélveme todos mis latidos. —me dijo. —Ahora es cuando más los necesito.

Se los devolví.



Yo había coleccionado latidos toda mi vida, desde que tenía uso de razón. Descubrí muy joven cuanto le beneficiaban a mi fisonomía de alma, a mi esqueleto de espíritu, a mi entera anatomía de bebedor de sombras. Tomar latidos de aquí, de allá, de más allá. Coleccionar experiencias. Dinamitar los sentimientos. Ellos le infundían mayor poder y fuerza a mis propios latidos.

Nací con un corazón débil, adornado por un soplo en uno de los ventrículos de mi acopio palpitante. Mis continuas y renovadas “ganas de vivir” me impulsaron el deseo de bombear más que oxígeno a ése músculo. Durante el verano de mi primer desahucio médico, conocí el mejor de los métodos. Tenía para ese entonces once años.

Mis padres, desalentados debido a mi condición y el nuevo diagnóstico, me llevaron a morir en paz frente a una playa. Rentaron una de las villas y me permitieron hacer de todo con mi nuevo compañero, el mar. Construí castillos de arena. Me rodeé de veleros de papel. Masticando cangrejos en la orilla, recibí una vez la nada oportuna visita de la niña de ojos verdes más extraña que jamás hubiera conocido. Estaba ante mis ojos completamente desprovista de ropa.

—Vivo al otro lado del arrecife en la cabaña de mis papás. ¿No vas a zambullirte?

Yo me puse de pie, sin dar crédito a lo que veía. Su dulzura y candidez llenaron el fondo naranja del atardecer. Miré a todos lados, verificando que aquello no fuera una aparición, sólo para darme cuenta de que éramos los únicos entre las dunas.

—¿Qué edad tienes? —fue lo único que atiné a preguntarle.

—Nueve. ¿Y tú?

Pero no esperó mi respuesta y salió disparada. Corrió largo rato frente a mí, de mí, alrededor mío. Entró y salió de las aguas, jugó con la espuma, se echó tierra por encima, salpicó con las trenzas de su cabello en derredor. Cuando finalmente regresó a mi lado, estaba totalmente cubierta por la pastosa mezcla océano-arena. Maravillado, me di cuenta que seguía desnuda, pero hasta cierto modo cubierta de barro coralino. Todo su cuerpo se hallaba abrigado en la pasta, todo a excepción de un atrayente lugar. Este quedaba expuesto de modo fascinante a la altura de su aureola izquierda aún sin desarrollar, entre la axila y el centro de su pecho. Mi mano se dirigió hasta ese lugar vacío, limpio, que mostraba la tersura de su piel. Coloqué la palma sobre su torso, sin mayor anuncio ni espaviento.

Ella no se movió. Parecía conocer el por qué aquello debía ocurrir. Todavía sonriendo me regaló un latido desde el fondo de su pecho. Un latido que alborotó cada impulso vibratorio en mi cuerpo; luego otro más potente, luego otro más. El último envió corriente eléctrica a los nervios de mi extremidad, logrando que se encresparan los dedos y se contornearan los nudillos en forma colectiva, alterada. Algo mágico acontecía. Y fuimos incapaces de entenderlo en aquel momento. Ella entonces dio un paso atrás y rompió el trance.

Parpadeamos. De nuevo sonrió. Ese verano, contrario a toda lógica médica, no ocurrió mi fallecimiento.



Más adelante en mi vida, me diagnosticaron nuevas complicaciones alveolares y circulatorias. Y nuevamente fui desahuciado en algunos otros tantos momentos: a mis quince años, luego a mis dieciocho, más tarde a los veintiuno. En cada nuevo vaticinio, yo lograba inexplicablemente burlar la muerte. Ya para mi mayoría de edad había descubierto oportunamente la razón.

Me dediqué a coleccionar latidos para garantizar mi supervivencia en vuelo. Con cada transmisión sentía que la carrera se alargaba. En cada transmutación revivían mis sentidos. En ocasiones tomaba sobredosis que únicamente se hacían manejables si visitaba la playa. De algún modo incomprendido, el mar lograba estabilizar de nuevo mi sistema repoblado de pulsaciones por los pechos femeninos tocados, acariciados, palpados, y me permitía continuar mi recorrido compilatorio con la mayor naturalidad.

Me hice de un velero. Por eso y por la oculta esperanza que siempre tuve de volverme a encontrar con mi niña de arena.



María era velera. Confeccionaba velas para embarcaciones, esa era su profesión. Y era la mejor en su faena. De todos los lugares del mundo llegaban marineros a sus astilleros para terminar rogándole en su taller que no dejara morir sus buques. Ella jamás desahució a ninguno. A todos les brindaba una mirada, un toque, su amansado calor. Les devolvía la sonrisa a aquellos rostros navegantes. Tuve que recurrir yo mismo a su pericia durante una emergencia de mi propio navío.

Así fue como la conocí. Luego de ello ya no pude sacarla de mis pensamientos.

Metida en unos diminutos pantaloncitos cortos de mezclilla deshilados, me dejó sin aliento. Colgaba felizmente de dos trenzas marinas. Su camiseta se adhería a la figura de nogal que exhibía con gracia. Tan sólo pude emitir palabra después de un prolongado suspiro al verla. La conocí sentada en el suelo, empapada, descalza, cruzando las piernas como la flor de loto, estirando la tela de velas para remendarla, para hacer volar más sueños, para regalar más mares de brisas.

Terminamos riendo luego de mi explicación sobre lo ridículo que había sido la avería a mi vela principal. Un arpón de pesca mal ensamblado, maniobrado desde unas manos torpes, las mías, era el responsable. La química fue inmediata. Dialogando sobre los años de colegio, los pantanos de la sabana y otras minucias frente a la puesta de sol, le permití recostar la cabellera en mi regazo para que me contara sus romances de antaño entre copas de vino. Lo hizo, y le deshice sus trenzas, conté sus atractivas arrugas y sus patas de gallo de lado a unos ojos que achinaba al observarme. Besé su nariz.

—Colecciono latidos. —le dije.

Me miró con los ojos saltones ante aquella explicación, como quien no necesita más respuesta.

Aún así me dirigí a mostrarle. Coloqué la palma de mi mano sobre su pecho, justo en el lugar en donde radicaba la fuente de sus palpitaciones. Extraje varios cientos de ellos desde su cavidad. Explosiones vívidas como navío blanco de ribetes azules; ciclones que cortan el agua como una espada. Piel de mar abierta, herida larga, espumosa. Instantáneamente cerrada, sin costuras ni cicatrices; magia entre sueños, magia entre súplicas, avistamiento de la esperanza rescatada. Existir de nuevo.

Un año más tarde a aquel suceso, un intruso degenerativo en nódulos y carcinomas atacó en traición su sistema. Ya nos habíamos convertido en inseparables para esas fechas. Luego de una extensa batalla, dolorosa y humillante, María me pidió que la tomara en brazos y la llevara a altamar. Eso hice. O al menos eso traté.



Las olas habían devoraron las velas, las mismas que María había construido debajo de nuestras pulsaciones y tañidos. Durante la tempestad yo me había aferrado a la vida, yo había luchado contra el viento. Creí que resistiríamos, que genuinamente lo lograríamos. La tormenta llegó sin cita, inmisericorde. Nos tomó por sorpresa. Cuando ella me pidió que se los devolviera, yo le grité que aún nos faltaban latidos por coleccionar. Pero no nos miramos. No hizo falta decirnos la verdad. María hablaba sin hablarme.

Intenté de nuevo, asaltado por la consternación.

—Estoy dispuesto a devolverte todos mis latidos, María. —exclamé. —No me dejes solo.

Sé lo que piensa. Sus dedos comienzan a escurrir el agarre. Deja de aferrarse y se acerca. Me toca el pecho a la altura del corazón, como lo hacía siempre, con pericia extrema, contenta de saberme a salvo. Mira el velero que se acerca y se baja del nogal. Sonríe. Entre lágrimas más saladas que el mar se despide. ¡Duele tanto el cáncer!

Mientras espero por las cuerdas que han de subirme, dudo. Deseo seguirla. Nadie debería sobrevivir jamás sin la fuente de sus latidos.

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