La tormenta llevaba 24 horas y parecía no tener fin.
Lo bueno era que estas tormentas del este no provocaban mal humor como las del oeste.
Además eran detestables, traían todo el polvo de la Patagonia. Cientos de kilómetros sacudiendo la meseta. Algunos decían que parecía como si estuviera llegando un malón de indios, pero esto era solo imaginario, porque acá nadie vio, ni le consta, que haya vivido algún indio de aquellos. Y menos que existieran los malones.
El temporal ya llevaba dos días y hoy lunes todos seguían encerrados en sus casas.
Claro que en este pueblo sólo se sale para trabajar. A quien le gustaría andar afuera de la casa si no era por obligación. Las calles estaban siempre desiertas y polvorientas. En invierno el viento constante resecaba la piel y a todo lo cubría de polvo. Ni hablar del verano, insoportable calor, pocos árboles para tanto sol. Las siestas en este pueblo de la costa del Chubut eran solo una excusa para encerrarse en las casas.
En el puerto los pesqueros se sacudían con la marejada que entraba por la boca.
Hoy, por suerte, a ninguno la tormenta lo había sorprendido pescando. Los marinos estaban en casa rompiendo la rutina de hijos y mujeres, dando tranquilidad a madres ansiosas.
Durante la noche el ruido del mar se escuchó como nunca.
Pedro dormía en el pesquero donde trabajaba. Pascual, su dueño, se lo había permitido luego de la segunda embarcada. Había descubierto en él a una persona muy aplicada y con conocimientos técnicos. Pedro había arribado al pueblo desde Quilmes, siempre había sentido atracción por el mar, había terminado sus estudios de técnico electrónico y se había marchado al sur luego de una discusión final con sus padres.
No había amanecido cuando se levantó para prepararse algo caliente. Como siempre que se despertaba temprano, en un horario en el que Pascual aún estaba en su casa, encendía la radio, sintonizaba el canal 16, ansioso por escuchar las conversaciones entre los navegantes. Luego ponía en marcha el radar. Por eso, en una oportunidad había sido de los primeros en descubrir el ingreso al puerto de un carguero que de Comodoro iba al Dock Sud y tuvo que entrar a puerto luego de una feroz tormenta. Una ola gigantesca le había roto los vidrios del puente de mando y destruido parte del instrumental de navegación.
Luego de un rato ubicó en la pantalla los ecos característicos del lugar. Estaba terminando su segunda taza de te cuando vio un punto nuevo en la pantalla, parecía moverse con extrema lentitud, pero estaba seguro que no era algo fijo. Además, se ubicaba claramente en el mar, no muy lejos del puerto. Empezó a seguirlo con atención.
Miró hacia fuera por la escotilla, pero no pudo distinguir ninguna luz. De todos modos, pronto amanecería y podría ver que embarcación estaba frente al puerto. Posiblemente su capitán esperaba que amaneciera y amainara el temporal para entrar. Seguro era algo imprevisto, porque ayer no se tenían noticias de ningún arribo para hoy.
Cada amanecer era similar, temprano marchaban por las calles los trabajadores del puerto y los pescadores, arropados, cabizbajos, sin levantar la mirada para que el viento no le hiciera llorar los ojos. Luego vendrían los que trabajaban en la pesquera, en la fábrica.
A las ocho saldrían los niños rumbo al colegio y luego las mujeres de las casas se asomaban un instante para barrer groseramente la vereda de sus casas.
Por último los comerciantes abrían las persianas de sus negocios. Entonces otros se ponían en marcha para ir de compras.
Muchas veces Pedro los observaba y en esas circunstancias había descubierto la gran diferencia que existía con su ciudad natal. Acá las compras eran una obligación que se ejercía para abastecerse de cosas imprescindibles y luego volver a encerrarse en sus casas. Al principio se preguntaba qué actividad bulliciosa existiría dentro de ellas. Pero una vez que Pascual lo invitó a almorzar y pasar la tarde con su familia, entendió que estaban llenas de silencios. Silencio durante las comidas, silencio luego en la sobremesa, un silencio que invitaba a una pronta despedida, por lo menos a él.
Por esos caminos divagaban sus pensamientos cuando se dio cuenta que ya no llovía y estaba amaneciendo. Buscó el punto en la pantalla, pero no lo encontró. ¿Que habría pasado?
Se quedó pensando que tal vez el capitán se había arrepentido y se marchó fuera del alcance del radar. Pero no era posible que lo hubiera hecho en tan corto tiempo.
Una sirena repentina, larga, alarmante, resonó en el puerto.
¡Claro!, que tonto, seguramente había entrado al puerto. Desde donde estaba no podía ver la boca. Se puso un abrigo y salió a cubierta, antes apagó todos los equipos.
Saltó al muelle y dio la vuelta a la dársena donde bien resguardados estaban los pesqueros. Cuando viró por detrás del último barco su desconcierto fue total, una masa blanca se destacaba atrás de la escollera, en aguas abiertas, pero muy cerca de la entrada.
Ya había varias personas que corrían hacia el muro de piedras. El aire estaba en calma, las nubes se disipaban, el sol daba sus primeras pinceladas de rojo en el horizonte.
A media mañana todo el pueblo estaba alterado. Era lunes, pero nada que se hiciera habitualmente los lunes se estaba haciendo. Los pocos alumnos que llegaron al colegio fueron llevados por los maestros al puerto. Los comerciantes dejaron sus persianas bajas.
Don Pascual y el patrón del Santa María se hallaban en plena tarea de alistamiento de sus barcos. Habían acordado todos los detalles del operativo de rescate. Saldrían del puerto con ambas embarcaciones unidas por un largo cabo. Juntos rodearían la presa, que a la deriva, pronto volvería a internarse mar adentro, empujada por el viento de todos los días, el del oeste.
A mediodía ambos barcos estaban rodeando la masa blanca, el gigantesco témpano se entregaba mansamente a la maniobra. Los minutos eran importantes para los capitanes, no duraría mucho esta calma y cualquier alteración haría imposible gobernar semejante masa de hielo.
Nadie había quedado en las casas, todos observaban la maniobra. A las seis de la tarde el bloque encallaba en la playa de canto rodado, aquella en la que en verano se bañaban. La abrupta pendiente de la costa permitió que el témpano quedara muy cerca de la orilla.
Los diez grados de temperatura de la tarde y el persistente viento del oeste que comenzó a soplar un rato después de la varadura, permitieron ver como se redondeaban las aristas del bloque, como empezaba a bañarse en sudor.
Durante la noche las luces de los barcos fueron encendidas y dirigidas hacia el gigantesco cubo. En la orilla una multitud conversaba. Doña Juana se había reencontrado con su amiga de la escuela primaria, Eulalia; hacía treinta años que no se veían. Muchos hombres, enemistados por discusiones que ya no recordaban, charlaban animadamente a la luz de faroles que se habían traido a propósito. Algunas mujeres se organizaron para traer comidas y manteles; los hombres trajeron sus botellas y algunos bancos y sillas.
Durante la noche nadie se fue, muchos se dieron cuenta que nunca habían pasado la noche fuera de sus casas desde que se habían casado.
Al amanecer, la multitud, cubierta por mantas, se comenzó a despertar con las primeras luces. Algunos con la resaca del alcohol.
Pascual fue el primero en descubrir una mancha en el interior del bloque. En minutos todo el pueblo estaba agolpado en la orilla discutiendo qué era lo que se veía en el interior del hielo. Los maestros dijeron que el hielo del interior, por ser muy antiguo, era oscuro. Los capitanes los desmintieron, no era el primer témpano que veían y siempre eran enteramente blancos, a lo sumo con tintes verdosos o azules. Pero en este caso, todos coincidieron, se observaba algo en el interior del mismo.
La opinión de los niños fue descalificada por las madres porque estaban influidas por los dibujos animados que veían en la televisión. Las mujeres fueron descalificadas porque “de estas cosas no saben nada” y los hombres de tierra por no saber de las cosas del mar. Finalmente, entre la gente del mar comenzó a cundir el temor. A medida que avanzaba el segundo día el bloque chorreaba más agua y las figuras en su interior les despertaban a todos sus miedos más temidos.
Al atardecer todos quedaron paralizados por el grito desgarrador de una mujer que aún vestía de negro su viudez. Cuando se acercaron a ella, poco les costó entender lo que decía. Todas las mujeres lo asintieron rápidamente, lo que se veía en el interior era un bote salvavidas de un pesquero. Adentro algunos distinguieron la figura de un par de hombres y hasta podían distinguir los remos a ambos lados. Su esposo había naufragado el último invierno, nunca supieron de él. Ahora se lo imaginaba asido a los remos.
Al tercer día llegó un cura, venía el primer domingo de cada mes desde la ciudad más cercana a dar misa. Pero hoy estaba aquí, faltando a su rutina. Se organizó una misa de cuerpo presente teniendo en cuenta los últimos acontecimientos.
Pero en la tarde las teorías volvieron a cambiar, pronto se vio que más que remos lo que se observaba a los costados eran aletas y el supuesto timón la cola de un gran pez.
El dueño de la pesquera comenzó a hacer una propuesta, si lo llevaban hasta el muelle del frigorífico, el podría guardarlo en una cámara de frío cuando se descongelara. Pero pronto recibió el rechazo generalizado, todos vieron una segunda intención económica en la propuesta. La carne de ese pez, si servía, valdría por cinco salidas de un pesquero, de última correspondía repartir entre todos el beneficio.
Al quinto día el bloque había reducido su tamaño a la mitad. El profesor de biología del colegio había descalificado la hipótesis del gran pez. Él se inclinaba por teorías geológicas que indicaban que en el interior existían restos de rocas fragmentadas.
La cuestión es que a la semana, la vida del pueblo se había trastocado. El delegado municipal consiguió fondos para iluminar con faroles provisorios la calle que bajaba al puerto. Se había hecho imprescindible para que la gente pudiera desplazarse durante las noches. Pronto se habilitaron bares improvisados en la playa para tomar desde una sopa caliente hasta una ginebra.
Entre tanta multitud Ana pudo perder de vista a su madre y conversar a solas con Jaime, pronto se juraron amor eterno.
Doña Luisa volvió a engañar a su marido con un joven marino. Los niños contaban historias increíbles sobre lo que cada día se veía adentro del bloque. Uno de ellos comenzó a dibujar historietas cuyo personaje principal era un ser salido del bloque de hielo. Otro, que era un entusiasta de los dinosaurios, se convirtió en asiduo visitante de la biblioteca y se pasaba horas tratando de identificar al prehistórico animal congelado que imaginaba dentro del hielo.
Quince días después el pueblo estaba en ebullición, los periodistas que llegaban de otras ciudades compraban historias increíbles sobre el bloque.
Una tarde, cuando el témpano estuvo reducido al tamaño de un camión, comenzó a soplar el pampero.
Algunos dicen que durante la noche el bloque fue arrastrado mar adentro, otros que se partió en mil pedazos contra la escollera de piedra. Pero nada hizo cambiar las historias de la gente.
Los turistas siguieron llegando, aunque más no sea para pararse en la playa y escuchar las historias contadas por la gente del lugar.
En el Club Social de la Cooperativa del Pescado fue reabierto el salón de cine. Algunas veces para bailes. Otras para casamientos, acontecimiento que durante ese año batió records, hubo si también muchos desamores, pero en todos los casos para volver a enamorarse.
Un día sobre el fin de año Pedro se despertó sobresaltado, encendió como siempre el radar y la radio. Cuando vio la figura recortada en el radar su corazón comenzó a latir apresuradamente. A los cinco minutos estaba parado en la escollera viendo la mole blanca entrar al puerto.
Lo que estaba frente a él no era lo mismo de aquella vez, pero por dentro sintió un renovado entusiasmo. El sólo hecho de recordar que todo cambió en el pueblo a partir de aquel acontecimiento, le hizo pensar que esta vez algo cambiaría en su vida.
Cuando el gigantesco crucero atracó, desembarcaron a un tripulante que estaba muy enfermo para ser enviado vía aérea a la capital. Pronto se enteró que convocaban a un marino para reemplazo. Fue el primero en pisar la planchada para subir a postularse.
Había llegado la hora de buscar su destino, no podía dejar pasar este segundo témpano, ahora le tocaba a él, no solo imaginar, sino vivir su historia.
Cuando volvía de comunicarle su decisión a Pascual iba pensando en todo lo que había pasado en este año. ¿Cuánto de lo que nos sucede en la vida lo provocamos nosotros y cuanto se debe a causas completamente ajenas?
Sin duda, como en la física, debe existir un principio de acción y reacción.
Alguna vez empujamos, otras nos empujan.
A la semana navegaba rumbo a Valparaíso con escala en Ushuaia.