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100% ARGENTINO
 CIRCULAR Y CONCÉNTRICO  
Por Gasset


La Señora de la Merced es el nombre de la iglesia que corona uno de los ángulos de la plaza. Hacia ella se proyectaban las mesas y sillas del bodegón donde estábamos tomando café. Menos de diez pasos sobre adoquines coloniales, era lo que nos separaba de sus portones abiertos de par en par.

Era domingo y era de mañana. Lloviznaba en forma tan suave que en la vereda, sentados bajo las copas de los Tilos, nos quedamos sin mojarnos.

Sobre este lado, Pavarotti y sus mejores arias. Sobre aquel, las campanas que invitaban a entrar a la casa del Señor y en ambas, ese olor a tierra mojada atmósfera surrealista que hacía vibrar nuestras almas.

Presencia de duendes y hadas. Mi ser que se fué y se fundió, expandiéndose por toda la plaza. Podía verme y podía verlos y no había más vida en nosotros que la que se encontraba en los muros. Vibraba el lugar con todo su contenido siendo la luz ocre la que encendía todos los rincones.

Yo no quería irme, pero tampoco podía resistir tanta certeza.

Podría haber entrado a la iglesia para vibrar con sus campanas, pero falló mi voluntad. Siendo honesto, ese momento no podía ser contenido por muros, lo que realmente me contenía era la hierba, su arcilla y la arena mojada.

Recuerdo que te acercaste a la cartelera. La paella estaba en oferta mezclada con buenas críticas de diarios locales sobre las cualidades del cocinero. Madrid vivía en esa esquina mezclada entre berberechos, mejillones y cholgas.......y los cañones, esos, que a pocos metros de allí nos recordaban, que hubo otras mañanas, con aroma a pólvora y sangre.

Teníamos que decidir si queríamos seguir con nuestro viaje, zarpar antes del mediodía o dejarnos estar, lo único que estaba en juego era el destino del día.

Separado del muelle por las amarras de popa, nuestro barco se balanceaba por la marejada que venía del oeste. Subimos sin dificultad con la precaución de no resbalar sobre la cubierta mojada. Aunque ya no lloviera, iba a tardar algún tiempo más en secarse. Tras cada paso por el barco íbamos dejando nuestra huella de barro. De proa a popa y entre cabos mojados, como siempre y como todos, de proa a popa y entre cabos mojados.

Ya en el interior, nos comunicamos con la Oficina Meteorológica para pedir el nuevo pronóstico. “Lluvias aisladas con vientos del oeste rotando al norte”. En otras palabras nada peor que lo actual y con paciencia quizás, el día termine soleado, pensamos.

Nos vestimos con ropa de agua, tomamos un café más, adujamos los cabos y los pusimos a secar. Prendimos el motor, nos soltamos primero de proa, después de popa y como consecuencia directa de estos simples actos, ya estábamos navegando.

Alejándonos del puerto sentí lo que siempre sentía en esas ocasiones. Parte de mí quedaba allí, entre el bamboleo simétrico de los palos de los veleros, entre el tire y afloje de los cabos de amarre; estaba dejando a esa parte de mí que nunca terminaba de embarcarse.

Entre la llovizna y la marejada, la navegación no era la mejor. Las velas no llegaban a expandirse y por ende requeríamos de la ayuda del motor. Ronroneando, subiendo y bajando, por proa la nada, por popa la imagen de lo que dejabamos y en el medio estábamos nosotros navegando nuestro tiempo. Circular y concéntrico deslizándonos sobre el agua.

Me perdía en el horizonte, mientras mi cuerpo danzaba el balanceo justo para mantener alineado el timón. Pequeñas remadas, primero hacia babor, para después compensar hacia estribor.

Así, convertíamos al trayecto en un zigzag infinito.

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