Querida novia:
No me importa que me digas que me estoy volviendo loco. Seguiré. Me siento un estúpido, estoy a las cuatro de la mañana intentando escribir un cuento sobre barcos. Pensé en una historia de piratas pero no puedo hacerla, luego creí que lo más apropiado era contar una historia de amor que sucedía sobre un barco X, que atravesaba el Río de la Plata (teniendo en cuenta que los jueces de el certamen pertenecen tanto a Uruguay como a Argentina, se me ocurrió la idea de construir una ficción que involucrase los dos países) pero recordé que hay un cuento de Benedetti (cada día lo leo más) que muestra lo mismo: un muchacho que encuentra a su primera novia sobre el barco, y terminan haciendo incómodamente el amor en un camarote. Digo incómodamente porque el narrador destaca el mareo que provoca el río, aunque termina reconociendo que es mejor practicar el amor en la incomodidad, que no hacerlo. También se me cruzó por la cabeza la idea de entretejer un protagonista que salía a navegar y descubría una civilización antagónica. Fue entonces cuando evoqué a Cándido ingresando en aquella ciudad de oro que se escondía entre la vegetación tupida, también está “Diario de un viaje” de Colón, y sentí que si plagiaba esto sería algo imperdonable. A la noche siguiente, me creí realizado: leí “Un corazón en las tinieblas” y decidí intentar una historia ambientada en plena época de la esclavitud. El cuento terminaría en el puerto de Greefson (pequeño pueblo de Haití), un barco en llamas que se acercaba como una inmensa luminaria, llamas provocadas por una horda de negros esclavos que se habían apoderado de la embarcación, e intentando regresar a su tierra natal (podría ser perfectamente Sierra Leona) confundían el trayecto y terminaban en Haití. Producir la imagen del fuego fue difícil, porque si bien la historia cerraba decorosamente, no sabía qué hacer con el fuego, pensé sacar las llamas, pero pretendía y estaba encaprichado por esa imagen: fuego que brotaba desde el agua, una luminaria inmensa, descomunal, que navegaba hasta las inmediaciones de Greefson. A su vez trataría de explicar, desde un plano mitológico, el origen de la población haitiana. La puta madre que lo parió, grité, y tiré todo a la mierda.
Querida, sólo necesito que alguien me escuche. Esto no es literatura, es un grito. Quiero navegar, plac, plac, plac, vivo en un apartamento alto, quiero navegar para escribir y realizar lo mío, plac plac, plac (son los remos) la onomatopeya de los tristes remos que no tengo. Albatros, me gritan desde el mar los marineros, Albatros frustrado…te quemaremos el pico con una pipa, y nos burlaremos de tu pata torcida…quiero navegar y estoy lejos. No sé si es justo atribuirles la culpa a los cuentos o narraciones que pesan en mi memoria, pero lo cierto es que tanto Hemingway, Herman Melville, Conrad, y hasta el propio Héctor Daniel Rodríguez….me dan vueltas en la cabeza toda la noche.
Por qué será que siento agrado por aquellos concursos literarios que plantean un desafío, pero sin embargo, cada vez que abro un mensaje que por nombre lleva “Pepe Fuera de Borda” camino por mi casa entristecido; abro las canillas y se me aparece una batalla naval, el río marrón tragando al Graf Spee, miro el agua estancada del water y mi mente se deja ir por las cañerías de toda la ciudad y a su vez desembocar en el caño colector de la escollera, para más tarde navegar junto a los pescadores tostados de Punta Espinillo, que penetran en la temerosa inmensidad, en pequeños botes que arrojan las redes bajo la mañana recién parida, botes que se mueven en las olas y parecen tragados por el vientre del horizonte. Son verdaderamente días críticos para mí. Tal es así que fluyo por mi casa como esa muchedumbre de ingleses que fluía por el puente de Londres “tantos, no creí que la muerte hubiera deshechos a tantos…fluían cuesta arriba y bajando King William Stret, a donde Santa maría Woolnoth daba las horas”
Creo también que no puede existir lazo inquebrantable y natural entre aquellos que han navegado días íntegros y la realización de un arte que exprese tal emoción: dicha o angustia por estar rodeados de agua, agua, agua…. El arte no es sólo producto de nuestras vivencias. Espronceda no era amante de las olas, pero escribió “Canción del pirata”, aquel héroe sin temores, que se dormía arrullado por la mar…Si suponemos que cada hombre que penetra su cuerpo en lo descomunal del mar puede llegar a la culminación de un reluciente poema, debería Ulises haber escrito algunas de sus memorias, y sin embargo, todo lo que conocemos acerca de su osadía, es producto de la pluma del sabio Homero (hombre que sólo acudía al mar a lavar su rostro cada mañana, cuando el sol helénico lo despertaba envuelto en un harapo blanco y arrugado). Siete años permaneció Ulises retenido por la ninfa Calipso. Esos días fueron insoportables para él, y como en esa época no existía aún el abogado Baltasar Garzón, la ninfa murió sin conocer el veredicto de la justicia. ¿Cuánto valen siete años de una persona? Y, ¿cómo se pagan estos días de mi vida, en los cuales sólo sueño con hombres que luchan en alta mar contra pulpos suculentos, con el lento caminar de Benito Cereno bajo la bandera de la vieja España.
Todo parece tener dos caras. Intentar escribir un cuento de barcos es imposible, no me sale una mierda. Dejaría de lado la idea del concurso, pero mi vida se convertiría en algo peor. Todo se reduciría a llorar por los rincones, cada vez que las gotas de la canilla rota del baño, repiquetean en mi oído. Y al pasar por la palangana y observar que los barcos de papel de diario que he construido en las noches de impotencia siguen flotando como ciegos, pegaría golpes con los nudillos en las paredes, haciéndome recordar las noches que intentando escribir un cuento de navíos, de algún modo, era feliz. Estas noches seguiré intentando bajo la lámpara, mientras a mi costado los diarios que ahora son barcos pierden lentamente sus palabras, y el agua se va haciendo oscura por la tinta que se desprende de la celulosa como sangre de piratas, corsarios que luchan para conquistar la totalidad de la palangana. Mientras tanto, hundido en un fracaso sin salida, canto como el pirata errante, aquel que navegaba hacia Estambul, con una libertad que cualquier hombre de tierra firme, envidiaría: “Que es mi barco mi tesoro, que es mi Dios la libertad, mi ley la fuerza del viento, mi única patria la mar”
Saludos, te extraño mucho, Salvador Alleros.