Esto no fue cuento.
Un lugareño de las islas Lechiguanas, qué por respeto su memoria me reservo el nombre, muy joven el hombre, no conocía todavía el aroma de una mujer, mas o menos diecisiete años tenia el mozo, rondaba los ranchos donde había mozas en edad de merecer.
Pero el medio quedado, medio sonso y medio chúcaro rodaba nomás, no se acercaba, pero en su interior necesitaba estar en contacto con el sexo opuesto, ya que es normal que asi sea.
Se juntaba a churrasquear con otros lugareños también medios chucaros como él, y entre anécdotas y vinos quedaban echados.
Él soñaba con tocar, hablar y acariciarles los pelos chuzos a esa hermosa mujer, que ocultan las maciegas en las entrañas de las islas pero cuando él pasaba con su guige cargado de nutrias ella salía al muelle como quien no quiere, y saludaba como con vergüenza.
De este personaje viene este relato - cuento.
Juntar soledad, es como caminar por la costa de un arroyo pateando algún junco seco, que lo agarró desprevenido la bajante y se ahogo en pena, por no poder seguir su viaje de ilusión.
Caminas con rabia, las olas que levanta el viento mojan mis pies despertándome ese qué sé yo que llevo dentro, adormecido y quieto, sin poder contarle a nadie mi soledad.
Miro el agua y, veo navegar a la deriva ondulante un camalote, con su flor azul violáceo, de perfume inconfundible, buscando donde anclar su destino, una casalito de calandrias en lo alto del sauce cantan sin cesar cortejándose hasta conseguir formar su pareja, salen volando vaya a saber dónde.
A los repollitos de agua, con su flor dulce, el viento los hace navegar hasta que quedan enganchados de un junco, buscando su pareja para hacer el amor con la ayuda de alguna abeja que hace de interprete y asi intercambiar su polen, es asi como hacen el amor en su especie.
Yo soy nutriero de que nací, me é arrastrado entre maciegas y pantanos, trabajé duro recorriendo campos, buscando rastros y poniendo las trampas, cueriar veinte o treinta nutrias es trabajo de todos los días.
Hoy miro mis manos y las veo vacías, tengo dinero, pero el alma hueca, no tengo a quien expresar mi amor, ruedo por los pantanos entre el agua podrida y olorosa y me pregunto hasta cuando.
Cuando será ese día que me acerque a mi amada y le pueda colocar una flor de capiqui en el pelo, y asi expresarle que la quiero.
Sigo caminando descorazonado, llego a mi guigue, canoa muy angosta y precaria, atada con una piola a una estaca de sauce. Mi guigue, compañero de travesías y de aventuras, fomentadora de ilusiones, hecho de algunas tablas y chapas de latas de aceite.
Me largo con un leve empujón, como soltando amarras a la vida, salgo a derivar, yo también quiero anclar mi destino.
Serpenteando él arrollo, en un día de sol que alimenta tus fiacas y languidecen tus esperanzas.
Voy acostado en el plan de mi embarcación, mirando el firmamento que me trata de adormecer, como un hechizo, el manto celeste del firmamento hace que mis ojos se entrecierren, algún pato silbon cruza el cielo, y de vez en cuando saco alguna achicadera de agua que trata de mojar mi ropa.
Remolineando por los remansos, paso por debajo de los sauces que con sus ramas y flores me acarician al pasar, perfumando el aire, siento que es como el perfume de tu pelo, de tu piel y me acarician como si fueran manos muy suaves y tiernas.
Me hago la idea de esa fragancia de olores mezclados, de flores de sauces, porotillos, jacarandaes y la flor del irupé.
También se entremezcla el olor a leña de sauce de algún fogón de nutriero, que los encienden para matear en la pausa del trajín del trabajo del día.
En la costa esas marañas de plantas costeras, de belleza sin igual, esa cabellera de ramas y flores que caen hasta tocar el agua, como tus cabellos, claros y perfumados, como los tuyos, sí, como los tuyos.
Sigo a la deriva serpenteando el arroyo, como serpentear tu figura con mis manos y buscar el destino, buscar la felicidad que se me niega.
Voy pasando por las ranchadas que están sobre la costa, me cargan, me gritan. Si estoy durmiendo la siesta,”holgazán, anda a recorrer las trampas”, me dicen. Yo con indiferencia les lanzo un zapucay, no se dan cuenta que voy buscando mi destino, solo, sin que nadie me interrumpa el peregrinaje hacia mi felicidad.
Voy llegando a la desembocadura del arroyo con él rió Paraná, quedo dando vueltas en un gran remanso.
Como el remanso de mi vida en los días grises, me siento solo, y abandonado con mi suerte,
Sigo mirando el cielo con el sol que ya apenas alumbra y poco calienta, hasta que me quedé profundamente dormido, sintiéndome acunado; en esa cunita de vara de mimbre, que crecí en ella, llorando, con los mocos chorreando de mis narices:
Escuchando, la canción de amor que mi madre me cantaba y la sinfonía del agua moviéndome, entre espuma, como si fuera acunado por el río, sueño, !!!!! Me duermo.
Sueño que llego hasta el muelle de tu ranchada, hermosa y bella rubia, los perros salen y ladran como dándome la bienvenida, debajo el alero se siente el gemir de una acordeona ágilmente empuñada por el cholo García, sacando notas de ese chamamé de Tarragós.
Y te veo allí, estabas vos, con tu figura de mujer bien hembra, con ese espíritu e ímpetus de isleña que nada ni nadie te detiene, embico el guigue a la costa, piso el barro y clavo la estaca de mi buque.
Tu corres también a recibirme con tu pelo revuelto al viento, tu camisita apenas abrochada y los pezones de tus senos afloran en la tela fina y ya gastada y descolorida por el uso y el tiempo, tus pantalones a media pierna y algo rasgados, y lo mas sublime el color de tu piel cobriza haciendo contraste con tus ojos de cielo.
Nos confundimos en un gran abrazo formando una sola figura en la sombra, asentada en la arena húmeda, plasmada en nuestros cuerpos, y nos besamos apasionadamente con tanto amor que el acordionero rajándose la boca, lanza un zapucay, me estremezco tan fuerte que medio sobresaltado me despierto, medio aturdido por el sueño, abro mis ojos, y lo primero que veo es una sombra gigante negra y gris que va pasando junto a mi, era un barco gigantesco que tocando su bocina, eso me volvió a la realidad.
Pero ya era tarde, un borbollón de agua me atrapo revolviéndome entre las burbujas y la espuma revolcándome y sumergiéndome sin otra posibilidad que dejarme llevar, arrastrándome hacia el sordo ruido de la hélice que con gran desprecio y fuerza me despedazo el guigue haciendo añicos mi ilusión.
Fue donde comprendí que había llegado, sí había llegado a anclar mi destino.
Siento que el agua entra con fuerza en mi garganta, sube y baja, ya no puedo respirar, me doy cuenta que me estoy ahogando.
En esos segundos te recordas hasta del día que naciste, los primeros pasos, el día que me regalaron mi primer cuchillo para cuerear, las luchas con los carpinchos enlazados, y el remar, ida y vuelta de tantas veces para conformarme con verla de lejos.
En mi ultimo intento manoteo y pataleo, y pienso que final amargo ya estaba llegando, se me esfuman las esperanza de besar la boca de mi amada mujer, por mas que me desespero, la hora llego para mí.
La hélice en su sordo ruido me entra a seccionar para nunca mas volver a ver ala superficie, no volver a ver los sauces, las flores, mis amigos, y a mí amada.
Auque ella no lo sabia yo la amaba.............
Solamente queda el recuerdo de este personaje en todo el recorrido del arroyo y con tristeza se lo recuerda frecuentemente...