La noche de las Navajas - setarcos - TERCER PREMIO
LA NOCHE DE LAS NAVAJAS.

Setarcos
Ni el hombre más bravo puede luchar más allá de lo que le permiten sus fuerzas.
(Homero.)
El reloj de arena se había volcado como la madrugada. En paradoja con mi estado de ánimo, el tiempo se adormeció (como un inerme diapasón) hasta parecer perecer. Los minutos se disfrazaban en horas y las horas en siglos. La espera se bañaba en las aguas quedas de la eternidad. Mi expectación espumaba con burbujas airosas. Mi expectación espumaba con la levadura que confía en sacar a flote el misterio. Mi expectación espumaba por descubrir las raíces del alma, las raíces de un secreto que producía hervores de indignación a mi padre... Mientras me desvelaba en la embelesadora vaguedad..., esperaba la llamada de mi padre para salir a la mar espumosa. Sería mi iniciación con las capturas; al menos, era mi ansiado deseo; pero había más: yo esperaba que mi padre se abriera en canal como un atún y me explicara el hondo de su tristeza.
La elocuencia del silencio nocturno era de tal magnitud que los oídos me zumbaban tenuemente. Mientras la luna se retiraba en arco del cuadro de la ventana, la oscuridad fue tomando posiciones en mi habitación hasta ganarla en su totalidad, hasta conquistarla, hasta poblarla en un suspiro cadencioso. Mis ojos no se habituaron al vacío de luz. El resto de mis sentidos, sin embargo, se agudizaron, se afilaron como una navaja: podía escuchar... el crepitar del insomnio, el batir de los alados pensamientos, el castañeo curioso del devenir; sentir al tacto... el pulso tibio en las muñecas, la desasosegada corriente de la sangre, el bombeo inquieto del corazón, las palpitaciones en la sien; oler... la humedad que se colaba por las rendijas de la ventana, el alcanfor del armario entrecerrado, el ambientador de pino rodeno balanceándose suavemente del dintel de la puerta; podía saborear... la misma brisa marina con sus diminutas estrellas de sal tachonando la bóveda del cielo, del cielo del paladar. Era un todo a la vez, como sentir al unísono el Universo sintiendo un mareo, un vértigo inenarrable.
La tinta de la noche se derramaba pastosa e inextricable. Me gustaba esa sensación placentera que invitaba a aposentarse en el desfiladero de la reflexión, como si “El pensador” de Augusto Rodin, desde lo más alto de un acantilado, quisiera escrutar los secretos interiores mirándose en el gran espejo del inmenso océano. Era el exordio, el preludio adolescente de la aventura del mar; tal vez mi padre me explicara su tristísimo acaecer: la Historia esconde secretos en el alma de los hombres. Mis emociones eran rizadas olas...
-Llegó la hora -la susurrante voz de mi padre dio un tajo al silencio, cercenándolo.
El tiempo empezó de nuevo a correr. Fue entonces cuando mis disquisiciones quedaron en duermevela, como un paréntesis involuntario. Los segundos se apretaron en una cabezada de abismo. Salté‚ de la cama como lo hiciera una chispa del fuego de la herradura de un pura sangre. El hueco del colchón quedó intacto al principio, como si aún mantuviera el molde de mi cuerpo, como si aún mantuviera mi calor. Después, paulatinamente, despaciosamente, fue recuperando su textura habitual. Me sentí flotar: evanescente como un pez de viento levitando suavemente sobre las caracolas de espuma. Papá me sonrió con sus ojos verdes, unos ojos bondadosos mojados de tristeza, como si las briznas de hierba de la pradera estuvieran impregnadas con perlitas de rocío (perdonen la cursilada, pero así lo vio aquel adolescente que yo era). Sigo. Sin pronunciar palabra me apresuré moviendo nerviosamente los dedos hacia arriba como si tocara las teclas de un piano invertido mientras él se daba la vuelta. Vi de espaldas a mi padre salir de la dependencia -lo escruté, lo escudriñé- con sus botas nuevas de agua quejándose lastimeramente sobre los fríos adoquines, con su impermeable de pescador, vagamente caqui, desgastado, con su capucha alzada rozando livianamente sus canosas sienes; parecía (sin espacio a la duda) un lánguido capuchino del monasterio del mar.
Raudo, me vestí con un desgastado jersey turquesa de lana, de cuello alto; me encajé‚ una gorra de fieltro sobre el cráneo; me embutí unos calzones de hule y calcé unas zapatillas deportivas añosas como un roble viejo. Con la urgencia que predispone el entusiasmo de lo inusitado, olvidé sobre la mesita de caoba... la dádiva que me ofreció mi padre durante la vigilia de la noche anterior.
-¿Has cogido la navaja…? -la voz grave de mi padre emanó como un trueno.
Negué con las pupilas.
-Las prisas son malas consejeras -inquirió mi padre, el pescador, con una leve sonrisa teñida de amabilidad.
Torné sobre mis pasos hasta aprehender la brillante, plateada y reluciente automática. Su tacto era frío como el hielo polar. Pulsé un minúsculo botón negro y la hoja de acero se amagó sibilante, vehementemente, con una suiza precisión que producía escalofríos. Bajo el colchón de la cama de mi padre asomaban los lomos de una misteriosa carpeta. De nuevo ante Juan, el pescador, y sin abrir boca le dije con las palmas extendidas: <<Cuando quieras...>> En mis vívidos ojos..., una marejada de ilusión: el secreto que lo emponzoñaba podría brotar esa noche... Mi padre cogió los aperos de la pesca y me instó a que le siguiera como lo hace una sombra bajo la luna.
Caminamos sobre la madrugada sin cortar en ningún momento el silencio espectral. Había un hilo conductor que nos permitía supuestamente comunicarnos sin la palabra. Él sabía que abrigaba una emoción contenida, de efervescencia, y no quería diluir aquel delicioso momento de complicidad paterno filial. Eso pensaba yo. Lo cierto era que lo retrasó premeditadamente. Hasta la saciedad. Aquel encuentro a priori de júbilo se había pospuesto con la razonable excusa de la crueldad viva de la realidad que marcaba el pasado...
Durante lustros me explicó sus peripecias con Ulises, el divino. Aquel enorme ejemplar de mero lo llevó durante mucho tiempo por los afluentes de la amargura. Cuántas veces me contó sus persecuciones y artimañas para que se tragara el cebo vivo con sus labios gordezuelos. <<A pesar de su aspecto bobalicón es más listo que el hambre>>, me decía. Dondequiera que estuviese contaba su noble batalla naval con el monstruo marino. Evocaba siempre la noche en que Ulises, el Divino, se clavó en el gaznate un anzuelo del “4” rebozado de gambón. La noble lucha perduró más de tres horas. El sedal estaba al principio tenso como un cable de acero de fundición. Luego soltaba el seguro y el hilo del carrete huía aterido a sus anchas, con una cierta libertad calculada. Perlas de sudor rodaban por su frente, eso decía. Imagino al gran pescador luchando por su conquista. De nuevo volvía a tensar el sedal para coartar su presunta y abierta salida hacia un horizonte difuso de aguas traslúcidas, diáfanas. Los músculos de los brazos apenas sostenían los envites del pez marino acantopterigio. Explicaba mi padre que la flexible caña impenitente se doblaba como un látigo hasta hundirse en las violentas aguas con su punta fosforescente. Sus botas aferradas a la cubierta del bajel, ¡como clavos! (lo explicaba acentuando una admiración rebozada con la harina de la pasión), y soslayando (con el respeto debido) el imbornal. Rodeaba una cuerda a su cintura esquilmando una importuna caída al océano. Las nerviosas olas se estrellaban contra el casco cóncavo, sin piedad. Decía que en mitad de la lucha, de su boca prorrumpían exabruptos, improperios e imprecaciones irrepetibles; se autoinmolaba dándose fuerzas para no capitular. Se batió entrando en las fronteras de la extenuación. Hasta agotarlo. Hasta agotarse. El mero logró evadirse de la trampa cuasi mortal, perdiendo alguna víscera, pero sobreviviendo, venciendo en el combate. Cuando recogió el sedal y se encontró con el anzuelo del "4", desnudo y afilado, una sed brutal apareció en su garganta acartonada; se hubiera bebido (hiperbólicamente) una cascada. Lo recordaba con nostalgia... Pero yo sabía que había algo más..., que todo su dolor no podía caber en un simple mero.
El día anterior a nuestra partida conjunta, cuando el sol maduraba con prontitud y las sombras ganaban las calles, papá llegó a casa con los ojos prendados de chiribitas y certidumbres. Tras varios años de monotonía en la pesca nos dijo que había detectado el lugar aproximado por donde merodeaba Telémaco, el prudente, el hijo de Ulises. A su madre, Penélope, la había detectado multitud de veces, pero no era un ejemplar de tamaño respetable, aunque bella como el viento, a juzgar por la ingente cantidad de seductores que la circundaban. Mi padre se sentiría envuelto en la red cuando le dijera que era el momento de que cumpliera lo tantas veces prometido y retardado en la premeditación: mi primer contacto con el mundo submarino era una excusa (deseaba, esencialmente, ya lo he dicho, profundizar en su languidez, escrutarla filialmente..., y qué mejor momento que aquel encuentro íntimo, de navajas en alto, entrecruzándose noblemente, en medio de un oscuro cielo implacable, en medio de una mar vinosa).
Llegamos a la orilla y subimos al cóncavo bajel con todos los aparejos de pesca. Bogamos al unísono hasta adentrarnos lo suficiente en la inmensidad. La estrella polar nos miraba fijamente, sin parpadear, semejante al ojo del cíclope Polifemo. Mi padre parecía retarla, sostenerla la mirada; luego, siguió concentrado en deshacer un testarudo nudo del mástil con su vieja navaja, la de toda la vida. Desplegamos el velamen bajo la luna nítida. La mar estaba bravía y durante unos minutos, desamparados a nuestra suerte, fuimos juguete de las olas...
Mi padre era un gran pescador a punto de jubilarse. Tenía el pelo tan blanco que refulgía como lo hiciera la nieve al sol. Sus ojos oscuros eran lúgubres, de una tristeza profunda que la media sonrisa de sus curtidos labios quería ocultar. Sus cejas eran negras como la tinta de la noche y pobladas como un manto de lana deshilachada. Cuando reía, su risa lo abarcaba todo y sus dientes blancos brillaban, limpios como las salinas depuradas; parecía sincera, pero yo tenía la premonición de que ocultaba algo: un secreto. Su rostro era un paisaje de contrastes en blanco y negro, en gris apesadumbrado.
Mi padre nos había dado una vida de ensueño. Con su humilde bajel nos había dado a mi madre, a mi hermano de doce inviernos y a mí una vida plácida. Eso sí, trabajaba como un espartano, de luna llena a plenilunio. Siempre sonreía. Pero su sonrisa contrastaba con aquellos ojos lúgubres, sombríos, taciturnos, tildados de melancolía. Y yo, aquella noche en la que perseguíamos a Telémaco, el prudente, tenía que descubrir el por qué, arrancarle su dolor.
María, mi madre, acababa de alcanzar el medio siglo. La diferencia de edad no había sido un obstáculo para alcanzar la felicidad con mi padre. Era recta como un Pantocrátor. Gordita como una panocha. Hermosa como la mar serena. Bondadosa y litúrgica. La afición por la religión era su válvula de escape y mi padre le seguía la corriente..., para no defraudarla.
Santiago, mi hermano pequeño, tenía una fantasía desbordante. <<Tiene la proa bien puesta..., tiene la proa en la popa>>, mi padre bromeaba con sarcasmos y paradojas. Éste, le había leído tantos cuentos infantiles que vivía en un mundo irreal, de dibujos animados. Vivía feliz, apartado de toda contaminación...
Yo había acumulado en mis dieciséis años sueños de ser un gran jugador de fútbol y mi padre dejaba que diera rienda suelta a mi utopía, incluso regaba tales esperanzas aunque sabía que lo más probable fuera que chocara de frente contra un muro de intransigencia, contra los lomos de una orca de desesperación. Aún así, me alentaba. Él jamás devastaba una ensoñación por muy utópica que pareciese...
Y los amigos. Mi padre los tenía por doquier. Labriegos y pescadores. Artesanos y curtidores. Carpinteros y mercaderes. Liberales y conservadores. Los había <<Acorazados Potemkin>> de la economía y otros, humildes como la tierra seca. De toda condición y clase. Vivían felices en las arenas movedizas de la ignorancia más abyecta, sin una filosofía donde asirse. Vivían navegando en la superficialidad. Anegados por las aguas profundas de los principios absurdos. Sumidos en el sopor. Absortos en la decadencia de un triunfo execrable. Sin m s alma que el "estar". Mi padre no salía de su asombro; sin embargo, jamás los desanimaba, mas al contrario, los dejaba rebozarse en el fango empantanado..., con el viento de solano.
Estábamos en alta mar. Sin m s bombilla que la luna. Sin m s estrellas que la polar. Pequeñas estelas circulares de agua vinosa se despedían de la popa del combo bajel. Las encrestadas olas -auténticas simas de agua- se transformaron en paciente y cadenciosa armonía. La calma abrigó la noche. Un viento de poniente inflaba las velas y deslizaba el bajel sobre una fantasiosa vaselina de colores.
-Esta es la zona aproximada donde detecté a Telémaco, el prudente, el hijo de Ulises, el divino -señaló un roal grande de agua con su vieja navaja, la de toda la vida. En sus retinas pulidas por el brillo de la luna reflejada se amagaba un hechizo de acuarela. Sus pupilas..., misteriosas. En sus labios se mecía una falaz y embaucadora sonrisa..., amarga como la bilis.
El velo transparente de las aguas permitía adivinar los bancos de doradas, de sardos, de lubinas. Un conciliábulo de navajas color bermejo merodeaba también el bajel como un presagio. Mi padre las obviaba, lamentablemente. No eran el objetivo -aparentemente- de esa noche crucial. Mientras preparaba los anzuelos, los mosquetones, la aguja de ensartar, mis ojos lo veían como un héroe de leyenda mitológica. Pensé‚ que hasta Poseidón, el dios griego del mar, al verlo..., se mostraría menos ufano... A estribor, la luna se reflejaba con volumen en las aguas mansas como una pelota blanca; estaba tan próxima al combo bajel que intenté pincharla con mi navaja automática. Como un rayo con carga eléctrica mi padre tiró los gusanos americanos y se lanzó restallando como una fusta a sacarme el brazo del agua dentada.
-¡Morenas! -dijo-. Son capaces de arrancarte de cuajo los dedos de una mano tan raudas como un campesino arranca las malas raíces.
Una medusa flotó acampanada, similar a un hongo grande o una bomba atómica pequeña. Una barracuda de fealdad sin par se deslizó en forma de "S", sorteando expresamente la belleza con una habilidad digna de mención. Las mansas aguas daban una serenidad imprecisa, una luz clorofílica de ensueño. La quilla del combo bajel abrió una brecha en las aguas..., una herida de espuma.
-Padre, ¿por qué intentas encubrir tu tristeza? -aquello lo solté‚ como un arpón. Nuestras navajas se entrecruzaron metafóricamente en la bruma de la noche, pero si algo estaba claro es que aquel gesto inventado o imaginado… no era un desafío.
Él me traspasó con su mirada verde como lo hiciera una navaja dulce que entra suavemente, haciéndote un flaco favor. El gran pescador desvió con astucia aquel navajazo al aire, en el último segundo; tenía una excusa que le sacó del apuro: << ¡Por Zeus!, ¡Dios de dioses!>>, exclamó impresionado. (Prometo que fue así y no de otra manera, y no es que quiera dilatar el relato, os lo juro si queréis, si quieren ustedes).
Juan, mi padre, avistó a Telémaco, el prudente, a una distancia no superior a la de un grito, justo en la zona donde él presumía encontrarlo. El gran mero superaba en belleza a su padre en el tamaño en el cambio de pigmentación: tonos irisados, grises refulgentes, pecas de ébano. Era un formidable ejemplar. Una mole. Como una roca cenicienta con ojos enormes y bonachones, saltones, aviesos. El gran pescador desplegó la caña de carbono con avidez. Ensartó en el anzuelo del “4” el más jugoso de los gusanos americanos que tenía: con dos manos diestras. Lanzó el sedal con precisión matemática. A pesar de su talante profesional, en sus inquietantes pupilas todavía zozobraba mi increpante pregunta...
Cabeceó nerviosamente, cimbreante, la punta de la caña; anunciaba que la muerte había clavado su terrible garra. El pez marino acantopterigio se tragó el fluorescente gusano americano hasta las mismísimas entrañas. El gran pescador recogía laboriosamente el sedal atrayendo al mismo tiempo la niebla. No quería sumirse en el regocijo hasta que la pieza no estuviera en el bote. Dio un tirón sobrehumano a su caña de carbono; la flexibilidad hizo que la punta tocara el agua y mi padre encogió el pecho, ahuecando el estómago. El enorme esfuerzo repercutió en el corazón, pero sólo quebró el rictus, aguantando lo indecible. El mero se resistió al principio a ser atraído como un imán hacia la agonía cercana, se resistía coleteando demoníacamente, pero después, al cabo de un tiempo de suspense, de incertidumbre, se dejó llevar a su destino inescrutable: La Muerte.
El gran pescador sostenía pendulante del sedal aquella pieza de museo arqueológico. Se le veía sonriendo apócrifamente, disimulando su dolor en el pecho por la sobrecarga de esfuerzos concentrados. Fue una victoria pírrica... un Neptuno derrotado.
-Padre, ¿por qué encubres tu tristeza? -le pregunté de nuevo, cercándole tal vez en exceso, en una argolla, en una proa sin salida, dando la última vuelta de tuerca, arriesgando en exceso, sin medir las consecuencias…
El gran pescador se recostó afligido sobre la cubierta del combo bajel sin soltar la caña de carbono. A duras penas podía contestarme:
-La vida es hermosa, pero dura como el diamante -su voz emanó tenue, cavernosa, angustiada. Con la mano que tenía libre se acunó el corazón.
-No sigas hablando, padre -le conminé a que sus labios cedieran, claudicaran a la tentación de la palabra. Su estado era frágil como un cristal en una cantera. El mar me pareció congelado, condensado, condenado a ser lava fría.
-Desde que nacemos caminamos hacia La Muerte: ése es nuestro futuro. La felicidad es sólo un espejismo que a veces nos interrumpe. Estamos, pero apenas vivimos. Yo no soy quién para desencantar a los que me rodean. Mi descubrimiento me carcome... -con un gesto desolador me instó a que cortara con mi navaja automática el sedal. La suya, la de toda la vida, la tiró al agua. Ya no la necesitaría...
-Hay algo más padre..., ¿verdad? -le pregunté mientras una alfombra de navajas se aposentaba bajo el combo bajel.
Mi padre se abrió como un libro:
-Noviembre de 1938. Berlín. "Noche de Cristal". En el Consejo de Ministros alemán Goebbels y Goering evaluaban los daños con una sibilina sonrisa: 76 sinagogas incendiadas... destruidas, 7.500 establecimientos devastados, muertos por doquier... En una noche como ésta, tu abuelo me relató, con todo lujo de detalles encarnizados, la noche de los cristales rotos, afilados como navajas, -inquirió-; yo era muy joven entonces. Tu abuelo era un emigrante y en medio del horror, los nazis mataron a su esposa: tu abuela..., mi madre. Luego vino un horror más grande: las cámaras de gas, los crematorios... Tu abuelo regresó conmigo a España, se hizo pescador, vivió cuatro años luctuosos, y se murió de pena. Es por todo ello que la Tristeza me acompaña como una primera piel -ése era el germen de su dolor que había ido creciendo como una mala hierba y que no podía sacarlo fuera.
La vida se le escapaba entre sus labios. Me explicó su secreto; me abrió el alma; se abrió en canal como un atún. Displicente y solícito corté el sedal y Telémaco, el prudente, cayó como un fardo al agua vinosa. El mero gigante flotó ladeado, exhausto.
-¡No te preocupes! Sólo es un amago de infarto... -me dijo lánguidamente. El brillo de sus ojos verdosos..., se iba apagando. Sus palabras se derramaron lentamente cayendo sobre la borda del combo bajel. Aún tuvo tiempo de ver renacer a Telémaco huyendo de su destino, un destino que él no compartiría.
Mi padre no era un avieso lector, pero en el cabezal de su cama tenía tres libros que eran sus biblias: La Odisea de Homero, El viejo y el mar, de Hemingway, y San Manuel Bueno, mártir, de Unamuno. Obras que para él tenían más profundidad que el propio mar y lo habían convertido en un escéptico. Bajo el colchón, camuflada..., redescubrí que tenía una carpeta con fotocopias de los archivos del Tribunal de Nuremberg: era la suma de su dolor. Recordé a “El Pensador” de Rodin descubriendo desde lo más alto de un acantilado los secretos del mar y vi en él una alegoría de mi padre. Aquella noche afilada me abrió las puertas de su sabiduría, de su corazón. Porque creía estar en una situación extrema. Porque veía el fin. Para él La Muerte era una catarsis, una liberación, olvidarse del horror. Yo, por aquel entonces, era un adolescente que maduró de un tajo.
Hoy día, después de muchos amaneceres, estoy viejo como el mar: Jamás pude pasar de jugar más allá de Segunda División, pero qué importa: vivo en una odisea de serenidad; mi hijo mayor y yo nos miramos sutilmente, cómplices en el silencio... Tenemos el privilegio de conocer que la felicidad está aun en las olas más sencillas. No debemos vivir unidos por el sedal de las generaciones, no debemos vivir encadenados a la Tristeza Eterna.
El reloj de arena se había volcado como la madrugada: el corazón de mi padre dejó de latir, aquella otra afilada noche de las navajas, en el combo bajel. Con ojos nuevos, el tiempo empezó a avanzar, espumaba: emergió hacia un horizonte menos indefinido, menos desvanecido, sin tantas diatribas, sin tantas tribulaciones, con la esperanza de eliminar las guerras, sus horrores, sus iniquidades, sus sinrazones. Pensé en mi abuela exterminada (no le expliqué nada a mi hijo): miré‚ al futuro. Pensé‚ en la monotonía de la vida: miré al futuro. Pensé, que si una frágil ala irisada de libélula es capaz de levantar el vuelo..., por qué yo no iba a ser capaz de levantar un sueño alado, una torre de esperanza, un castillo de felicidad. Todo es relativo. LA MUERTE NO; pero no se ha de ser obsesivo con ella. Pensé en el cielo, pensé en la mar; pensé en la noche transparente; ¡cuánta Belleza!: miré al futuro. Con cierta ternura, con suavísima destreza..., con dulcísima destreza..., las navajas me entreabrieron delicadamente los párpados de la Historia. Tal vez, Ulises y Telémaco también me enseñaron a soslayar, aunque fuera tenuemente, como diría un poeta romántico, nuestro postrer destino. Estoy orgulloso de que mi hijo haya heredado los ojos esperanza del abuelo.


